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Algunas comparaciones. La corrupción.

En el presente post procedemos a hacer ciertas comparaciones entre España y Noruega. Son más bien cualitativas y sobre los aspectos generales, y bien conocidos, de los que venimos hablando hasta ahora. Nos detenemos además en la corrupción, tema ya mencionado pero sobre el que hemos dado pocos detalles. Tanto en este aspecto como en otros, Noruega aparece como ejemplar y sigue siendo válido como patrón de un buen nivel de bien común. Introducimos un cierto realismo al poner la producción de bienes y servicios y lo económico en general, como un primer aspecto para que el bien común sea una realidad. Pero señalamos también que lo material debe venir acompañado de lo humano y de lo espiritual.

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Imagen tomada de El Financiero. http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/corrupcion-y-transparencia.html

Diferencias económicas y corrupción

La primera gran diferencia que detectamos entre España y Noruega, es la económica. Tanto  en términos de PIB per cápita como en términos de disponer de una riqueza natural, como el petróleo, que le da enormes ventajas al segundo.

Otras son claras también, como los mecanismos distribuidores de la renta generadores de resultados muy positivos como el bajo desempleo, la menor desigualdad y la existencia de una sociedad del bienestar con grandes ayudas y subvenciones sociales.

Y otras, en parte consecuencias y en parte causas, como la baja corrupción, el nivel de democracia, la eficiencia de los gobiernos y de las administraciones públicas, la baja conflictividad pública y el bajo porcentaje de grupos o partidos políticos radicales y antisistema.

En corrupción, un tema sobre el que no hemos hablado demasiado todavía, pero que en España es fuente de gran consternación popular y causa de grandes desavenencias y conflictos políticos, hay también índices comparativos a nivel mundial. El Índice de Percepción de la Corrupción para 2016 elaborado por el movimiento Transparency International, sitúa a España en el lugar 41 de un total de 175 países.

La puntuación obtenida por España en este índice es de 58 puntos (la máxima corrupción sería 0 y la mínima 100), muy alejada de la de 90 puntos obtenida por Dinamarca y Nueva Zelanda, de las de  las de 89, 88 y 86, obtenidas respectivamente por Finlandia, Suecia y Suiza, y de la de 85 obtenida por Noruega, con la que este país ocupa el sexto lugar mundial.

Niveles relativos de corrupción

Lo peor, por otra parte en cuanto a esta cuestión, es que nuestro país ha perdido posiciones, desde los 59 puntos que obtuvo en 2013 y desde la mejora del 2014, con 60. Respecto al 2015 el país se ha mantenido en los 58 puntos que obtuvo también en ese año. En términos de posición en la lista mundial, en 2013 nuestro país tuvo un bajón de 10 posiciones y ocupó el lugar 40 del ranking global. En el 2014, con 60 puntos, la posición fue la 36 del mundo, habiendo perdido desde entonces 4 posiciones.

Tal como se dice en el informe de Transparency International, “ya estamos a 13 puntos y 20 puestos de Uruguay, a 17 de Chile y empatados con Costa Rica. Portugal y Polonia ya nos adelantan en 12 puestos. España está entrando en un pelotón de países que se han acercado peligrosamente a la corrupción sistémica muy recientemente, como Georgia o la República Checa”.

Quizás, a la vista del comportamiento enérgico de la justicia española en los últimos años, y a otras circunstancias, como la presión de nuevos partidos políticos y ausencias de mayorías en el parlamento, mejoremos de forma importante en las próximas clasificaciones mundiales.

Estabilidad política y social en Noruega

Pero siguiendo con Noruega, más significativo todavía en comparación con nosotros, es la coherencia política y social observada en dicho país en cuanto a no existir, aparentemente, independentismos, por supuesto, o grupos populistas que  miren a los gobiernos y gobernantes con odio, con intransigencia extrema y con afanes de derribarlos en todo momento  sin objetividad y sin prestar atención a los hechos y a los resultados. Y, en el fondo, ni siquiera a los votos. Algo así como lo que ha dicho recientemente Nicolás Maduro, en uno de esos lapsus a los que nos tiene acostumbrados este personaje insano: “lo que no hemos conseguido con las urnas lo vamos a conseguir con las armas”.

No se puede poner la mano en el fuego por nadie, pero la imagen que se obtiene de Noruega es muy positiva en términos de estabilidad social y equilibrio político. La gente además, como resultado de todo lo que venimos diciendo, y según marcan las estadísticas también, es más feliz y se supone que el altruismo, la confianza entre las personas, el aprecio, la solidaridad, la justicia y la voluntad de compartir, existen a un cierto nivel y desde luego de forma más clara en este país que en otros.

Esa última lista de actitudes humanas está basada más en los deseos que en la realidad y corresponde a la que postulan los grupos mundiales en favor de una “Economía del Bien Común”, como el movimiento promovido por el economista, escritor, divulgador y bailarín austriaco, Christian Felber (nacido en 1972), del que hablaremos más adelante[1].

Importancia de los procesos productivos

Algunos dirían a la vista de lo considerado hasta ahora, que lo económico es lo que marca la diferencia y que todos los países deberían buscar en primer lugar el mantenimiento de los procesos productivos, el crecimiento y el progreso. Ocupándose de que la producción de bienes y servicios, su distribución y su uso y consumo, sea lo primero a conseguir, cuidar y mantener.

En los discursos políticos de nuestro país es sorprendente que los temas económicos, empresariales y tecnológicos aparezcan muy poco. Casi ningún partido se refiere a ellos y el progreso se interpreta como “progresismo”, algo abstracto y conceptual de lo que, además, tratan de apropiarse algunos partidos políticos.

Es curioso que entre nosotros mucha gente considere soez hablar de consumo, inversión, economía, empresa y empresario, así como de capitalismo o liberalismo económico, palabras, sobre todo estas dos últimas, que no se utilizan salvo para  denostar a lo que representan. La incoherencia aparece de nuevo ante nosotros como rasgo cultural.

Con frecuencia la población española en general es más proclive, como hemos dicho ya, a radicalismos y a “utopías utópicas”, ni siquiera las buenas utopías son tenidas en cuenta.

Y también, desde luego y en sentido contrario, hay muchos componentes de nuestra sociedad que son ajenos al sufrimiento y a la injusticia y se olvidan o no quieren saber nada, de la violencia, la pobreza y la exclusión social. Así como extraños al mundo de los sentimientos, de la psique y del espíritu.

Con estos últimos comentarios comenzamos a acercarnos a otros temas de interés, como son, la gran diversidad de interpretaciones que se hacen del deterioro del bien común en el mundo, las soluciones que se proponen y la posible evolución de la humanidad en términos de convivencia, sostenibilidad y progreso.

Antes, no obstante, deberemos abordar otros problemas como la verdadera magnitud de la desigualdad, la pobreza y la marginación en nuestro país.

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[1] Christian Felber (2015), La Economía del Bien Común, Deusto Grupo Planeta, Barcelona

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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