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Antecedentes de la Revolución Científica: Los gigantes que la iniciaron

En el siglo XVI se produjo un cambio radical en la mentalidad del hombre europeo. Es una de esas épocas en la que se puede observar cómo el hombre se hizo más inteligente. Parte de las nieblas que rodeaban su mente comenzaron a disiparse. Surgió una cierta claridad, y ocurrió en muchos hombres a la vez, aunque en algunos de ellos la luz fue mucho mayor que en otros. Tienen nombres y apellidos y sus ideas fueron publicadas y difundidas en grandes obras que forman parte del patrimonio de la humanidad. Se hace refrencia en lo que sigue a los personajes — llamados filósofos naturales entonces y hoy científicos — más conocidos de esa época, a los que Isaac Newton se refirió como “los gigantes sobre cuyos hombros me subí para ver más lejos”. Frase llena de sentido en cuanto a la evolución de la ciencia pero que se había usado en varias ocasiones en épocas anteriores. y que no está claro, ni siquiera, que Newton la utilizara. Lo que no quiere decir, desde luego, que los personajes en cuestión a los que nos refrimos, no fueran verdaderos gigantes y no influenciaran de forma decisiva a los que vinieron después de ellos. Las nuevas concepciones que introdujeron tenían que ver con la teoria heliocéntrica del Sistema Solar. Con ellas surge una nueva racionalidad humana y comienza lo que hoy llamamos “ciencia”.

La Revolución Científica, como ya hemos dichos en posts anteriores, es un fenómeno netamente europeo surgido en los siglos XVI y XVII. Se caracteriza en términos simplistas por nuevas ideas y nuevos y avanzados conocimientos en el terreno de la astronomía, la física, la química y varias otras materias. En términos más amplios por la aparición en el mundo de una nueva cosmovisión y por un salto cualitativo respecto a lo que el hombre pensaba y creía en la época medieval inmediatamente anterior.

Viene precedida en lo relativo al hombre y sus ideas por cambios generales como el Humanismo y el Renacimiento, a los que ya se ha hecho referencia. En términos más particulares relativos a las relaciones del hombre con el mundo físico y la naturaleza del planeta en el que habita sus raíces son antiguas, ya que siempre ha habido hombres interesados en explicar dicho mundo y sus leyes y en actuar sobre él. De forma resumida, no obstante, se puede acudir a varios “gigantes” como responsables inmediatos de dicha revolución. Se trata de Nicolás Copérnico (1473 – 1543), Tycho Brahe (1546 – 1601), Johannes Kepler (1571 – 1630), Galileo Galilei (1564 – 1642) y Francis Bacon (1561 – 1622).

Esos autores son los pioneros, sus obras se interrelacionan unas con otras y los avances de unas nutren a las otras. Todos son, por otra parte, hombres del Renacimiento, es decir, hombres nuevos que han aprendido a pensar libremente y se han convencido de que es bueno que el hombre explique su mundo y busque las leyes que lo gobiernan. Dios no puede estar en contra de ello y la religión no debía estarlo tampoco. A pesar de ello sabemos que Copérnico no atrevió a publicar su obra cumbre “De las revoluciones de las esferas celestes” hasta el mismo año de su muerte por miedo a la crítica y a la Inquisición, quizás más a la primera que a la segunda como dicen algunos de sus biógrafos (1). En esa línea de cómo fueron las cosas a pesar del Renacimiento y del cambio radical del hombre, Galileo tuvo problemas con la Iglesia por sus ideas y fue condenado por el tribunal de la Inquisición a cadena perpetua en junio de 1633. Pena posteriormente conmutada por el papa por arresto domiciliario de por vida tras abjurar de sus ideas (a pesar de que en lo más profundo de su ser nunca abjuró de ellas como demuestra su famosa frase «Eppur si muove»).

Tuvo más suerte que otro pensador notable algo anterior, Giordano Bruno (1548 – 1600), quien fue quemado vivo el 17 de febrero de 1600 en Campo dei Fiori, Roma.

Copérnico, como es sabido, fue un astrónomo polaco, matemático, jurista, físico, sacerdote católico y muchas cosas más, que estudió durante más de veinticinco años la teoría heliocéntrica del Sistema Solar. No fue el único que estudió esta teoría en esos años y en épocas anteriores, siendo algo, como ocurre siempre en la humanidad con las nuevas ideas, que “estaba en el ambiente”. La teoría, por otra parte, fue concebida por primera vez por Aristarco de Samos (310 a. C. – 230 a. C.).

En su libro se indicaba, como puede verse en la biografía de este autor en Wikipedia, lo siguiente:

“Los movimientos celestes son uniformes, eternos, y circulares o compuestos de diversos ciclos (epiciclos).
El centro del universo se encuentra cerca del Sol.
Orbitando alrededor del Sol, en orden, se encuentran Mercurio, Venus, la Tierra y la Luna, Marte, Júpiter, Saturno.
Las estrellas son objetos distantes que permanecen fijos y por lo tanto no orbitan alrededor del Sol.
La Tierra tiene tres movimientos: la rotación diaria, la revolución anual, y la inclinación anual de su eje.
El movimiento retrógrado de los planetas es explicado por el movimiento de la Tierra.
La distancia de la Tierra al Sol es pequeña comparada con la distancia a las estrellas”.

A pesar de que ideas similares a las suyas eran utilizadas por más autores de la época, su obra tuvo un impresionante impacto en la Europa de mediados del siglo XVI. Con ella se superaban definitivamente los principios aristotélicos de homo-centrismo celeste y geo-estaticismo que habían constituido la interpretación básica del mundo desde los antiguos griegos.

El astrónomo danés Tycho Brahe es considerado el más importante observador del cielo antes de la invención del telescopio. Diseñó aparatos diversos para medir la situación de las estrellas y de los planetas y estableció la necesidad de observar el cielo de forma continua y sistemática. Utilizando aparatos muy precisos para la época consiguió acumular innumerables datos y medidas sobre los cuerpos celestes que resultaban insólitas para aquellos años.
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(1) Hay muchas explicaciones históricas de cómo los hombres empezaron a pensar libremente y de cómo muchos creyeron y dijeron que no se necesitaba a Dios para explicar las leyes de la naturaleza. Una de las más claras y sencillas es la aportada por Isaiah Berlín en su libro “El Poder de las Ideas”, Espasa Calpe, Madrid, 2000.

(Continúa en el post siguiente)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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