Dependencia Tecnológica de Europa

Desde hace algún tiempo y por motivos diversos, faltan proyectos políticos de envergadura en Europa y en los países que la componen. Por Europa entendemos aquí la UE, y por proyectos políticos, aquellos que movilicen, motiven y dinamicen a la sociedad europea, creando unidad, convergencia y solidaridad. En la UE hay, ciertamente, instituciones en marcha como el Parlamento y la Comisión, infinidad de proyectos de todo tipo, incluidos los de desarrollo tecnológico, una acción legislativa continuada y una política comunitaria que cada vez más dirige y condiciona a las políticas de los países miembros, por lo que puede resultar extraña la afirmación inicial. Sólo indicar en relación con esta aparente contradicción que con el frenazo a la constitución europea y el repliegue de cada país sobre sí mismo surgido, probablemente, de dicho frenazo, todo lo anterior da, más que nunca, la imagen de una actividad rutinaria, burocrática y alejada de los ciudadanos. Una actividad que no motiva, no entusiasma y no dinamiza a los países que la componen, a sus empresas y a sus individuos.

La UE no tiene proyecto de momento y muchos países miembros tampoco, estando varios de ellos, de hecho, embarcados en proyectos destinados a resolver problemas internos de naturaleza distinta a la del desarrollo y evolución que Europa necesita. Se trata en algunos casos de proyectos de organización territorial y de forma de gobierno, temas que por definición no tienen final y que pueden absorber las energías de un país para siempre. Nadie puede decir que dichos proyectos no sean importantes y necesarios, pero cualquiera puede darse cuenta de su inutilidad si las soluciones que se buscan no vienen acompañadas de grandes proyectos nacionales creadores de unidad y de convergencia. Y sobre todo si se hacen en épocas en las que quedarse atrás es muy peligroso. Sólo actividades como el reciente campeonato mundial de fútbol parecen entusiasmar a los países europeos y darles unidad y sentido de propósito nacional. Sería magnífico si los países europeos y la UE en su conjunto pusieran en marcha proyectos que concitaran tanto interés, tanta unidad y tanta solidaridad.

El tema es grave en una época en la que diversos super-países y super-regiones mundiales se están preparando para enfrentarse a un siglo XXI complejo y difícil en relación con el mantenimiento o pérdida de los niveles de desarrollo adquiridos. España por ejemplo, está perdiendo posiciones en el ranking mundial de desarrollo de la Sociedad de la Información en general y de penetración de la banda ancha en particular, así como en el desarrollo tecnológico endógeno, un tema medido en parte por el I+D+i, que constituye una asignatura siempre suspendida por España. Será muy difícil recuperar dichas posiciones sin genuinos y verdaderos proyectos nacionales. De ahí la conveniencia de ponerlos en marcha antes de que el mundo se organice de otra manera y algunos países y regiones comiencen a deslizarse por la pendiente de un nuevo subdesarrollo.

Frente al fenómeno de posibles nuevas potencias mundiales como China, India, Sudáfrica o Brasil y al del desplazamiento de la “acción” mundial a otras zonas del planeta, Europa debería recapacitar. El proyecto europeo de construcción de una UE poderosa en términos económicos y sociales, innovadora y científica y tecnológicamente muy avanzada, es una oportunidad, tan destacada o más, de lo que fue la consolidación de los Estados Unidos como potencia mundial en los siglos XIX y XX y de lo que pueden ser los proyectos de incorporación al mundo desarrollado de China e India. Pero para sacar partido de esa oportunidad de hacer de la UE uno de los polos mundiales de evolución y desarrollo, los europeos deben hacer muchas cosas, entre ellas la de cerrar las brechas tecnológicas abiertas en diversos frentes. Deben por ejemplo actuar sobre el retraso cada vez mayor en la Sociedad e la Información y del Conocimiento, especialmente en lo relativo a considerar Internet como la fuente más poderosa en nuestros días de avances tecnológicos, de actividad económica, de creación de nuevas empresas y de emprendimiento en general. Deben ser conscientes del retraso en tecnología de defensa militar y de protección contra el terrorismo, de control aéreo por satélite y en tecnología satelital en general con áreas sensibles en este terreno como la observación terrestre. Y deben ser realistas en cuanto al retraso, da la impresión que pretendido por razones morales y éticas, en el terreno de las nuevas revoluciones científicas y tecnológicas que representan las llamadas NBIC (Nanotecnología-Biotecnolgía-Infotecnología-Cognotecnología).

El desarrollo tecnológico de Europa, por tanto, y a la vista de un panorama de retraso debido a motivos muy diversos, algunos de ellos culturales, es un proyecto urgente y que debería ser, en gran manera, un proyecto político. El movimiento europeo alrededor de la llamada Soberanía Tecnológica de Europa, en el que algunos españoles, junto con algunos franceses, alemanes y otros ciudadanos europeos, estamos implicados, es un proyecto surgido de la sociedad civil con pretensiones de transformarse en un proyecto político europeo de gran envergadura.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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