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El hombre y su vida sobre este planeta (I)

La muerte de Richard Rorty nos da pie para ciertas reflexiones sobre el hombre y su naturaleza. Sobre lo que es, sobre lo que hace en este mundo y sobre la capacidad de su cerebro para interpretar a ese mundo e intrpretarse a sí mismo. Arrancando quizás del hecho ya glosado en este blog de considerar a la tecnología como parte consustancial de la naturaleza del hombre, de su carácter de elemento imprescindible para su subsistencia y de la inevitabilidad de su evolución, o incluso, la imposibilidad de su desaceleración. El hombre por otra parte, en relación con esas cuestiones, digamos que filosóficas, parece tener características propias no acordes con ciertos corsés que a veces se le quieren imponer o con ciertos ideales y utopías sobre el mundo y la sociedad humana, surgidos de las acaloradas –pero poco informadas– mentes de algunos miembros de su propia especie.

La humanidad parece estar sometida a una evolución dirigida por la flecha del tiempo que transciende y supera cualquier explicación temporal de los hombres y sobre todo cualquier intento de ellos mismos, de limitar sus potencialidades. Nos parece en ocasiones que controlamos y organizamos nuestras sociedades, pero en realidad es muy poco lo que logramos hacer en este sentido en comparación con la fuerza incontrolable de nuestra naturaleza y la creatividad exuberante del hombre, incluida su creatividad tecnológica.

La evolución continúa actuando sobre nuestro mundo

Si creemos en la teoría de la evolución de las especies formulada inicialmente por Charles Darwin, pero revisada y actualizada en múltiples ocasiones desde el año 1859 en el que el gran naturalista inglés publicó su famoso libro, El origen de las especies, hay que concluir que durante muchos milenios la naturaleza, incluyendo dentro de ella al hombre, evolucionó sin que nadie organizara ni controlara dicha evolución. La tecnología o capacidad para construir utensilios, aparece en el hombre mucho antes que su capacidad para pensar y reflexionar, y a partir de su aparición colabora de forma destacada en el ascenso del hombre.

En un determinado momento –no de la noche a la mañana desde luego–, muy cercano a nosotros en comparación con la edad de nuestro planeta, el hombre adquiere la capacidad de reflexión y cree que el mundo depende de ella, pero en realidad no es así, salvo, definitivamente, para lo malo. Ni siquiera para eso, si aceptamos las explicaciones de James Lovelock , el cual en su libro The Age of Gaia y en varios otros, explica que la Tierra es como un ser vivo que sabe muy lo que le conviene y que no se dejará destruir por uno de los seres vivos que deja vivir sobre su superficie. Si el hombre y todo lo creado por él llegara a poner en peligro la supervivencia del planeta, de sus árboles, ríos y otros animales, ella misma se desharía del hombre. (Lovelock, 1995)

(Foto arriba: FreeFoto.com)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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