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El Imperio Romano, el Cristianismo y los avances técnicos

A veces se cuenta la historia como un conjunto de saltos y discontinuidades y, sin duda, hay razones para ello. En lo que se refiere a la supervivencia de las gentes, a sus formas de vida y a la utilización de herramientas e instrumentos, las cosas son más continuadas de lo que parece. Los plazos, por otra parte, han sido mucho más dilatados en la antigüedad de lo que vemos hoy a nuestro alrededor. Llevó mucho tiempo, por ejemplo, usar generalizadamente el estribo y utilizar la caballería como arma de guerra. Un Imperio tan extenso y largo en el tiempo como el romano no utilizó dichos avances hasta que los hunos y otros pueblos asiáticos se los enseñaron. Aprender copiando y hacer mejoras incrementales basadas en el uso de las cosas ha sido la forma de avanzar en el terreno de la técnica.

Si se considera que la historia de Roma comienza con la fundación de la ciudad en 753 a. C., que fue una monarquía etrusca al principio, que después, en 509, se transformó en una república latina, y que, como hemos dicho, en 27 a.C. se transformó en un Imperio, estamos hablando de una civilización con más de trece siglos de existencia. Si a ello unimos la historia previa de la Grecia antigua tendríamos una civilización, la grecorromana, que con el Imperio Bizantino incluido, habría durado casi 25 siglos. Es la civilización de la que procedemos los occidentales.

El cristianismo fue parte de dicha cultura prácticamente desde el comienzo de su historia, al principio como secta, como objeto de persecuciones y matanzas y como algo a combatir y desterrar. Pese a lo que se pueda creer, empero, fue una fuerza de modernización en los últimos siglos romanos de Occidente, particularmente desde que el Emperador Constantino I el Grande (272-337) lo legalizara en 313 por el Edicto de Milán y más aún desde que el emperador Teodosio lo hiciera religión oficial del Imperio en el 380 con el Edicto de Tesalónica. Lo mismo ocurrió en la Edad Media época en la que la Iglesia constituyó un poder fáctico de primera categoría y en la que los monjes, las órdenes religiosas, los monasterios, primero, las escuelas cardenalicias, después, y finalmente las universidades, mantuvieron e impulsaron el pensamiento, los conocimientos y las ciencias. No nos engañemos a este respecto, el cristianismo impuso con fuerza la creencia en Dios, el predominio de la Teología sobre todas las formas de conocimiento y la verdad revelada como fuente de sus dogmas, pero recuperó también el platonismo y el aristotelismo y dio lugar, al menos en parte, a la Revolución Científica y al Mundo Moderno.

En cuanto al progreso técnico propiamente dicho, algo se ha mencionado ya de los avances de los griegos y de los romanos relacionados con frecuencia a la supervivencia (agricultura, ganadería, pesca, vivienda), a los viajes marítimos, a los ejércitos y a las obras civiles. También cabe decir algo de dichos avances en el largo periodo medieval europeo (entre los siglos V y XV) y particularmente en lo que se denomina como Baja Edad Media (desde el siglo XII en adelante). La tónica fue la misma que en el periodo grecorromano, las labores de subsistencia estaban en manos de siervos, súbditos y artesanos los cuales actuaban en materia de instrumentos, utensilios y herramientas, natural y artesanalmente. Aprendían unos de otros mediante la observación y el aprendizaje manual y eran capaces de hacer innovaciones técnicas movidos por la necesidad y el ingenio natural de determinados individuos.

Tras la caída del Imperio Romano y la división de Europa que supuso el asentamiento de los pueblos germánicos y tras la desaparición de poderes fuertes centralizados fue el feudalismo lo que se impuso como sistema político-social. Los señores feudales tenían que proteger a sus súbditos y ejercían el poder local, como vasallos a veces de reyes y emperadores lejanos. Las guerras, la rapiña y las conquistas constituyeron entonces formas de vida bastante comunes. Las cosas no avanzaron mucho en los primeros tiempos de esa larga época, por decir la verdad, ni en pensamiento ni en técnicas concretas, salvo en lo que se refiere a la fabricación de armas ofensivas y defensivas, a la construcción de fortalezas y a la edificación de iglesias y de grandes catedrales

El feudalismo es un sistema que tuvo vigencia en Europa desde el siglo IX al XV, es decir, una buena parte de toda la Edad Media incluyendo la llamada Baja Edad Media, pero antes de el, la relativa paz surgida de la primera unión europea después del Imperio Romano, llevada a cabo por Carlomagno (742- 814) con el llamado Renacimiento carolingio, la unidad de pensamiento que supuso la adopción generalizada del cristianismo, el poder de la Iglesia que fue muy beneficioso en aquellos años y el rápido incremento del comercio crearon riqueza y permitieron mejoras en las condiciones de vida de los europeos.

Algo más adelante, a partir del Siglo IX y hasta 1979, la República de Venecia constituyó una especie de imperio comercial que creó gran riqueza en Europa al igual que la República de Génova partir de 1096. Ambas dejaron de existir como repúblicas independientes a partir de 1797 vencidas por Napoleón, pasando la primera a depender del Imperio Austriaco y la segunda del Reino de Cerdeña

Los avances técnicos en la navegación y en el transporte y la riqueza económica obtenida con ellos especialmente a través del comercio marítimo, todo impulsado en gran manera por esas dos repúblicas, dará lugar a una primera época de esplendor en la Europa de las últimas etapas medievales.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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