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El vapor de agua y su utilización para una transmisión flexible de la energía

Revisamos en este post los antecedentes de la máquina de vapor. Como en muchos otros hechos y procesos de la historia de la humanidad, el uso práctico del vapor de agua para producir movimiento y fuerza mecánica no ocurre de la noche a la mañana. El vapor de agua y la sospecha de sus posibilidades prácticas hunden sus raíces en la noche de los tiempos y se arrastra durante siglos como una curiosidad física y una fuente potencial de aplicaciones. Es un fenómeno conocido pero que no llega a cuajar en aplicaciones y usos concretos hasta un determinado momento. Es uno de esos fenómenos, en resumen, conocidos desde la antigüedad, utilizado de forma muy elemental a lo largo de la historia, objeto de inventos e intentos serios de aplicación ya en siglos modernos, que, por fin, a mediados del siglo XVIII y en Inglaterra, constituirá la base de toda una revolución. En este post se habla brevemente del uso del vapor de agua a través de la historia

(Continuación)

La Revolución Industrial surge en la segunda mitad del siglo XVIII, como se ha dicho ya, de la mano de innovaciones no muy importantes al principio pero con fuerte impacto social, relacionadas con cuatro áreas de actividad: 1) energía procedente del carbón transformado en coque y mejoras en la fabricación del hierro; 2) nuevos y mejores aperos de labranza; 3) utilización del vapor como instrumento transformador y transmisor de la energía e invención de la máquina de vapor; y 4) invención, fabricación y utilización de nuevas máquinas en la industria textil.

Para que estos inventos se difundieran y terminaran transformando las economías y las sociedades europeas, comenzando por la economía y la sociedad inglesa, fueron necesarias unas etapas previas en las que la agricultura mejoró y el comercio creó una cierta riqueza y un cierto desarrollo en el mundo. En los dos posts anteriores se ha hecho breve referencia a esas etapas y retomamos ahora el camino de la Revolución Industrial propiamente dicha.

Ponemos énfasis, como siempre en este blog, en la racionalidad humana que hace posible los nuevos conocimientos, los nuevos inventos, los nuevos procesos económicos y las nuevas formas sociales. Debemos para ello detenernos en los inventos en sí, en las personas que los llevaron a cabo y en los motivos que tuvieron para ello.

En el caso de la destilación del carbón mineral para hacer coque ya vimos que fue una actividad bastante artesanal surgida de la mano de personas ingeniosas pero sin ninguna formación intelectual especial. La ciencia, que no existía entonces como la conocemos hoy, contribuyó poco o nada por tanto a este avance. Más tuvo que ver seguramente el hecho de que en el sur del País de Gales y en el norte de Inglaterra existieran minas de carbón y de hierro y que la gente estuviera acostumbrada a hacer uso diverso de los minerales que de ellas se extraían. Tenemos pues como mecanismos movilizadores de la inventiva humana en este caso, al igual que en otros en la historia de la humanidad, la exposición al mundo en el que el hombre habita y a sus peculiaridades, la supervivencia, la satisfacción de necesidades y la urgencia de hacer y resolver, todo ello innato en nuestra especie, en gran manera, y desde luego también adquirido a través del largo proceso de evolución del hombre. La ingeniosidad y curiosidad de ciertos individuos, su habilidad manual, y su capacidad para los procesos de prueba y error, deberían ser asimismo señalados como coadyuvantes de los cambios ocurridos en la Revolución Industrial.

En ese ambiente surge la máquina de vapor, la cual pasa por ser uno de los elementos esenciales de la Revolución Industrial. Sus orígenes son antiguos y no sólo en Inglaterra sino en muchos otros países hubo personas que se fijaron en la capacidad del vapor de agua para producir vacío, por una parte, y fuerza, por otra.

En Polonia, por ejemplo, y diversos otros países se hicieron aportaciones notables en cuanto al vapor y su uso. Según algunos manuales de historia fue en España donde se construyó la primera máquina de vapor y ocurrió de la mano del militar, político e inventor navarro, Jerónimo de Ayanz y Beaumont, nacido en 1553. Este personaje que fue paje de Felipe II, y en un momento determinado Administrador General de las Minas del Reino, la registró en 1606, con otro medio centenar de inventos. No sólo la patentó, sino que además la aplicó, y por lo que algunos dicen, el inglés Thomas Savery utilizó sus ideas al patentar su propia máquina en 1698. Ver, por ejemplo, http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=2280.

Previamente, según se relata en ciertos documentos antiguos encontrados en el Archivo de Simancas, el oficial de la marina española Blasco de Garay (1500 – 1552) intentó en 1543 impulsar un barco con ruedas de palas movidas con una máquina de vapor.

A lo largo de la historia, por otra parte, el vapor se ha utilizado en pequeñas aplicaciones prácticas, a veces juguetes, desde Herón de Alejandría (siglo I d .C.), de su maestro Ctesibio y del arquitecto, ingeniero y escritor romano Marco Vitruvio. De primeros del siglo XII hay también referencias de su utilización para impulsar el aire de un órgano en la ciudad francesa de Reims. Así como aparatos diversos en Italia mencionados por Giovanni Battista della Porta, y en otros lugares, utilizados a principios del siglo XVII para elevar el agua mediante el fuego.

(Continúa en el post siguiente)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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