Filosofía de la Biología: Dualismo versus Monismo

La filosofía de la biología es un tema popular en la actualidad. No es extraño dados los enormes avances científicos recientes en materias biológicas, con particular referencia al funcionamiento del cerebro. Lo más extraño es que, de pronto, aparezcan filósofos de la biología “de toda la vida” en cualquier rincón en el que uno mire. ¡No hay problema!. Esperemos que sea para bien. La verdad es que el mundo necesita nuevas ideas explicativas y nuevas concepciones sobre sus cuestiones más básicas y es muy probable que surjan de esa relativamente reciente conjunción de conocimientos.

Para este Blog, el interés del tema tiene relación con una vieja cuestión: la posibilidad de una “Prospectiva de las Ideas”. Si consiguiéramos conjeturar consistentemente sobre el pensamiento de los hombres y sus concepciones sobre el mundo en el que habiten en el futuro, sería posible una imaginación mejor de la ciencia que se elaboraría entonces, de la tecnología que se produciría, de la organización social que se generaría y de los valores y costumbres que prevalecerían.

En algún momento deberíamos reflexionar hacia delante en temas intelectuales. Sería una revolución, ya que en el mundo de las ideas lo único que mayoritariamente se hace es recrear lo que otros han pensado en el pasado.

Viene a cuento esta observación porque si uno le pregunta a un filósofo profesional sobre el origen de la filosofía de la biología, contestará sin dudarlo que está en Platón y dará referencias claras de en qué parte de su obra se ocupó de ello. No en vano, creo que fue el filósofo y matemático británico Alfred North Whitehead, el que dijo que toda la filosofía de occidente era sólo una nota a pie de página a la obra de Platón.

Si se le hace la misma pregunta a un biólogo con aficiones intelectuales, dirá, también sin duda, que tal campo de reflexión surgió con Charles Darwin a partir sobre todo, de la publicación en 1859 de su famosa obra “El origen de las especies”.

Si por el contrario uno pregunta a un verdadero filósofo de la biología, — alguien con obra sólida sobre la materia, publicaciones y dedicación profesional a ella — dirá que la reflexión sobre la evolución del hombre y de las especies, largo tiempo olvidada, surgió o resurgió con fuerza en 1970, cuando autores tales como David Hull, Michael Ruse, William Wimsatt, Morton Beckner, sin duda, Gregory Bateson y otros, aportaron ideas sobre la teoría de la evolución y prestaron atención intelectual al mundo de los organismos vivos. Antes de ellos los filósofos sólo se habían interesado por la física teórica y algunos, Heidegger entre ellos, y Ortega y Gasset, por la tecnología. La labor de los autores mencionados atrajo la atención hacia el tema de filósofos consagrados y de biólogos insignes como Francisco Ayala, Edward O. Wilson, Ernst Mayr, entre muchos otros, y sin olvidar, a los bien conocidos en el mundo hispánico, Varela y Maturana, y, por lo que se refiere a Europa, a la figura notable de Jacques Monod.

A estas alturas hay bibliografía abundante sobre la materia y divulgadores destacados a los que se puede acudir para conocer algo formal sobre ella. Los grandes temas de que se ocupa se han popularizado a través de los avances recientes en biología desde la explicación de todo lo que tiene que ver con el ADN, la decodificación del genoma humano o los grandes avances en la explicación del cerebro y, especialmente de la mente y del pensamiento mismo. Autores como el ya fallecido Wilfrid Sellars, Robert Brandom, John Searle, Richard Dawkins, Daniel Dennet, Paul Churchland, Lynn Margulis, el reciente Premio Principe de Asturias, Antonio Damasio, el siempre activo Mario Bunge, y muchos otros, son muy conocidos y producen libros que se acercan a la categoría de best sellers. Otros proceden del campo de la sicología como Steve Pinker y muchos del fértil terreno de las Cognitive Sciences. Un buen número de ellos, por cierto, entrevistados por Eduardo Punset en su programa REDES y citados en su libro “Cara a cara con la vida, La mente y el Universo”. También hay destacados autores españoles, tales como, dicho sea a vuelapluma, los filósofos José Antonio Marina y Jesús Mosterín, el Catedrático de Medicina, Francisco Rubia, el biólogo y periodista Javier Sampedro y bastantes investigadores y profesores universitarios del terreno de la biología, filosofía y otros.

Precisamente a los especialistas españoles me refiero, para indicar que un buen número de ellos son “dualistas”, es decir, creen en la existencia de las dos realidades, física y metafísica, que Descartes dejó, diríamos que estereotipadas, al principio del siglo XVII para por lo menos los tres siglos posteriores. La creencia en la existencia de los dos mundos representados por el cerebro y la mente, el cuerpo y el alma y la física y la metafísica, no nos ha abandonado todavía a los españoles según lo que se lee y escucha en nuestros pagos.

La contrapropuesta representada por el “monismo”, predica que todo es materia y que las ideas y el mundo más noble de la mística, de la religiosidad, de la inspiración artística, de los sentimientos más sublimes y de la introspección, la conciencia y la intención (los qualias como se suelen denominar), no existen como estados de la mente no reducibles a causa materiales. Creen que tales fenómenos surgen de nuestras circunvalaciones cerebrales y de las sinapsis de nuestras neuronas en forma tal que antes o después podrán ser explicados . Hoy nadie sabe cómo de una cosa se pasa a la otra, pero una mayoría de científicos cree que se podrá saber y esperan que la ciencia explique algún día el proceso mediante el cual el cerebro da lugar a la mente. Hay disidentes, desde luego, como Colin McGinn, filósofo inglés, profesor en la Rutgers University y autor de “The Misterious Flame: Conscious Mnds in a Material World” (2000), que cree que el hombre nunca podrá explicarse a sí mismo. Que el cerebro en concreto nunca no será capaz de entenderse a sí mismo en su totalidad.

A un joven pero destacado profesor de filosofía de una Universidad española, cuyo nombre no indico por no estar seguro de haberlo interpretado bien, le hemos escuchado muy recientemente en una conferencia pública una defensa contundente de la existencia de las dos realidades. Acompañó además su argumentación con la idea de que nuestro mundo está lleno de realidades metafísicas. Lo curioso es que en el debate posterior a su conferencia admitió, no dos, sino tres realidades: en medio de la realidad fisiológica o puramente materialista y la mental, se coló, algo que se sabe bien, el nivel intermedio de los fenómenos psíquicos. El conferenciante no tuvo inconveniente en admitir ese nivel intermedio como ligado a la materia, pero mantuvo obcecadamente su posición de que el nivel de los qualia era de naturaleza distinta a la material. Una posición ciertamente sospechosa de la existencia de un deseo a priori de que exista tal nivel y tal realidad distinta de la física.

A otros jóvenes pensadores españoles les hemos oído decir, también en público, que existen las dos realidades, pero que la metafísica, la mental, está encerrada en el cerebro y desparece con él. Es lo que en inglés se conoce como “property dualism”, o dualismo como propiedad especial del cerebro.

Está por otra parte la obra, ya alejándose en el tiempo de un amigo del que esto escribe, Willis Harman, desaparecido en 1997, que distinguía entre las tres siguientes “realidades”:

M-1 Materialismo Monista
(La materia genera la mente)

M-2 Dualismo
(Coexistencia de materia y mente)

M-3 Monismo Transcendental
(La mente genera la materia)

Lo curioso es, y esto es lo que justifica esta nota, que los “dualistas” españoles citan a John Searle como dualista y sus libros dan a veces la impresión de poder catalogarlo así. En su libro “Mind: a brief introduction” (2004), critica y ataca al materialismo y se refiere al dualismo como si militara en él. Una visita a la página Web de este profesor de filosofía de la Universidad de California en Berkeley, nos premia con artículo corto sobre la cuestión. Se trata del titulado “Why I am not a Property Dualist”.

En él queda meridianamente claro que Searle es crítico del monismo materialista, y quizás esto hace albergar en algunos la creencia de que es dualista. Vana ilusión, ya que es igualmente crítico del dualismo como propiedad. Explica su propia posición haciendo uso de lo que llama “biological naturalism” — también explicado con detalle en su libro “Mind”, citado anteriormente (pp 113 -115) –, que significa de una forma lisa y llana que cree en las ideas como producto natural del cerebro pero interpreta la conciencia y la intencionalidad como un “estado” distinto del físico. Por “estado” entiende algo similar a la solidificación del agua. El estado sólido o gaseoso del agua procede de sus molécula elementales pero se llega a él a través de algo especial.

Para comprender lo que quiere decir es necesario adentrase en los conceptos de reductibilidad causal, por un lado, y ontológica, por otro. Searle afirma que la conciencia es perfectamente reducible a la labor de las neuronas y otras partes físicas del hombre en sentido causal, pero no en sentido ontológico. Es decir, las ideas tienen una ontología de “primera persona” en el sentido de que sólo pueden ser experimentadas por la persona que las tiene, y por lo tanto, no pueden reducirse a algo que tiene carácter de ontología de “tercera persona”, es decir, algo que existe independiente de la experiencia.

Explica además, cómo el lenguaje mismo acuñado desde Descartes, impide una buena clarificación de sus interpretaciones. Dice que las dificultades actuales para resolver el problema mente-cerebro (o mente-cuerpo) radica en dos limitaciones intelectuales: 1) la falta de conocimientos sobre el funcionamiento del cerebro y 2) aceptación del viejo vocabulario que contrapone siempre lo mental a lo físico, la mente al cuerpo y el alma a la carne. Cree que hay tantos dualistas hoy en el mundo por la prevalencia de esa dos circunstancias.

Se extiende también en decir lo que le une a los dualistas y lo que le separa de ellos. Está de acuerdo en la no reducción ontológica de la conciencia pero no en su irreductibilidad causal y en la caracterización de la conciencia como algo “sobre y por encima” de la estructura neurobiológica del hombre. Cree, por último, que los monistas y los dualistas comienzan diciendo algo cierto, pero que los dos grupos terminan diciendo algo falso. Los primeros indican, certeramente, que el universo está formado sólo de fenómenos materiales como las partículas y los campos de fuerza, pero terminan asegurando, erróneamente, que no existen los estados de conciencia irreductibles. Los segundos ponen el énfasis en la existencia de los estados de conciencia irreductibles, cierto para Searle, pero terminan diciendo que no son partes normales del mundo físico, falso para nuestro autor.

En fin, excitante para los que tenemos curiosidad por estos temas, pero un poco frustrante para los que todavía mantenemos la esperanza de que en el Universo existan seres que lo atraviesen a la velocidad de la luz, visiten los mares de metano de los planetas lejanos y sean testigos de los confines de las galaxias. Frío para los que creemos algo, o queremos creer, en la posibilidad de la vida después de la muerte y en el descubrimiento de vida en otras dimensiones. Pavoroso para los que no nos gustaría que el hombre sólo fuera un robot avanzado.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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