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Hacia una cultura de la innovación

Se termina con esta entrega la serie dedicada a Prospectiva e Innovación. Se insite en la necesidad de una cultura en la que se primen los valores relacionados con el emprendimiento y la iniciativa y con la imaginación, la creatividad y la inventiva

Las ideas expuestas hasta ahora conforman parcialmente un modelo de comportamiento que contribuye a que las sociedades que lo tienen asimilado sean más innovadoras que otras que no lo tienen. No hay que insistir en la necesidad de adoptar el modelo en cuestión en una época en la que los países desarrollados no tienen más remedio que competir en creatividad e innovación con economías emergentes y países en vías de desarrollo.

No es difícil conseguirlo. Simplemente hay que desarrollar una cultura de la innovación. Pero la cultura no es otra cosa que el conjunto de valores que una sociedad comparte, es decir, aquellos principios, actitudes y costumbres a los que una determinada sociedad da importancia y valora. Aquello en definitiva que tiene valor para una mayoría de los miembros de la sociedad en cuestión

Algunos de esos valores pueden ser reseñados someramente. En primer lugar habría que mencionar la vocación emprendedora de las personas, la cual está unida al gusto por los negocios propios, el interés por las iniciativas y la capacidad para la asunción de riesgos.

La curiosidad y la formación que permiten a las personas tener más amplitud de miras, más imaginación y más interés por las cosas es también algo identificable en los países innovadores.

La ingenuidad, el amor al cambio y la concepción dinámica de la existencia son de la misma forma valores fundamentales observados en las sociedades avanzadas y ricas. El escepticismo, el conservadurismo excesivo y el rechazo continuo de lo nuevo serían las actitudes contrarias, muy típicas por cierto de las sociedades estáticas y atrasadas.

La afición a la tecnología y a su aplicación es otra característica destacable de la cultura para la innovación. Hay que estar al tanto de los avances tecnológicos aunque sin ser necesariamente un especialista en ellos. Hay que tener curiosidad por los nuevos conocimientos y, por supuesto, por sus aplicaciones.

El sentido práctico, el interés por lo concreto y la búsqueda de la utilidad de todo es otra dimensión típica de las sociedades innovadoras. En las mejores épocas de un país como los Estados Unidos, que ha desarrollado una de las culturas más innovadoras de todas los tiempos, se tenía un slogan poderoso, “todo lo que funciona es válido”.

La valoración de lo artesanal, la cercanía a las cosas e, incluso, la acción con las manos, son también características observadas en los países más exitosos. Es lo que hace unos años Jhon Naisbitt identificó como “High Tech- High Touch” y lo que con frecuencia se dice en las regiones más tecnológicamente avanzadas de Norteamérica, “Tecnología Avanzada, es decir, Nueva Artesanía”. (Naisbitt, 1982). La excesiva conceptualización e intelectualización del mundo, la teorización de todo, la cultura como verborrea y otros rasgos observados en ciertos países, son enemigos de la innovación, incluso de la innovación en el terreno de las ideas.

Por supuesto, y aunque esto no sea una exigencia sólo válida para la innovación, es necesario dar valor e importancia al trabajo, a la disciplina y al esfuerzo. Si hay algo realmente amenazante de economías emergentes como China y la India es su capacidad para el trabajo duro, su disciplina y su disponibilidad para vivir simplemente y con muy poco.

Y, en fin, y en términos más generales, la ambición de las personas, el afán de progreso y la preocupación por la mejora del mundo. Así como la existencia de circuitos paralelos de financiación particularmente en forma de “capital riesgo” y, al menos en términos parciales, financiación pública de las actividades más científicas.

Esto último, nunca insistiremos bastante en ello, es extremadamente importante. La mayor parte de las grandes innovaciones de la historia han sido resultado de la simbiosis armoniosa entre inventores y financiadores así como de la capacidad de gestión de otros participantes en los procesos de innovación.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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