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Hedge Funds y derivados financieros (y III)

Terminamos los tres posts dedicados a los Hedge Funds y a los derivados finacieros con unas breves explicaciones sobre estos últimos. Hemos intercalado entre lo dicho sobre estos dos temas, sobre los fondos de inversión y sobre la evolución de los mercados de valores a nivel mundial, algunas consideraciones críticas y algunos comentarios sobre los efectos negativos de la dinámica creada en dichos mercados en los últimos veinte o treinta años. Todavía nos queda hacer sugerencias más profundas sobre las razones por las que la economía financiera desarrollada en el mundo es negativa para el conjunto de la economía y sobre las causas que han transformado en algo malo lo imaginado e inventado como bueno.

(Es continuación del post anterior)

Los derivados financieros y los crediticios son productos o instrumentos del mundo de la bolsa y las finanzas complicados de entender por los no expertos en ellos y mucho más por los no inversores en valores y por los no involucrados profesionalmente en temas de financiación. Se puede repetir un poco como papagayo lo que se encuentra en Internet y en manuales diversos especializados en el tema, pero la comprensión profunda de lo que son y la de su funcionamiento es un asunto bastante complicado. Lo es de por sí, pero, muy especialmente, porque la inventiva de las personas trabajando en este terreno es impresionante y cada día surgen nuevas y más variadas formas de utilización.

Yo mismo no soy un experto en estas cuestiones y reconozco que me estoy metiendo en ellas quizás con mucha candidez e ingenuidad, con lo que el resultado no será muy brillante. Lo hago porque lo considero una obligación para un prospectivista. Nuestra función es saber algo sobre hacía donde va el mundo y sobre el futuro que nos espera y no podemos desistir de entender todo lo que está a nuestro alrededor.

No hay nada en la actualidad más importante en esa dirección que saber cómo saldremos de la crisis, cuánto tiempo nos llevará y qué pasará en los próximos años con el crecimiento, el desempleo y el nivel de vida de las personas. También, y muy especialmente, cómo evolucionarán todas las construcciones sociales y políticas que hemos puesto en marcha en los últimos años. Entre estas últimas, el llamado Estado de las Autonomías, en el caso de España; la Unión Europea y el Euro como moneda única, en el caso de Europa en su conjunto; y el nuevo equilibrio mundial, el papel del G-20 y el funcionamiento de un mundo sin países hegemónicos, en el planeta en que habitamos. Todas ellas están hoy en peligro debido a la crisis financiera mundial.

Si nos atenemos a lo que dicen muchos autores actuales, la crisis financiera y económica en la que estamos es capaz de crearnos complicaciones de altísima envergadura, exactamente como pasó en la Gran Depresión del 29, de la que se salió en realidad a través de un conflicto mundial de increíbles proporciones.

¿Pueden unos instrumentos técnicos tan insignificantes como los derivados crediticios y financieros llevarnos a circunstancias tan graves?. La respuesta parece ser que no, y si hay alguna responsabilidad que asignar habría que hacerlo no a los instrumentos sino a las personas que los utilizan. En cualquier caso conviene estar alerta y actuar a tiempo.

Los derivados, como su nombre indica, se derivan de, o se apoyan en, un producto original subyacente. Son productos financieros cuyo valor se basa en el de otro activo existente previamente. Una persona puede tener, por ejemplo, una opción de compra de una tonelada de arroz a un año vista por un precio determinado acordado y cerrado. Es lo que se llamaría un futuro o una opción de futuro sobre el arroz en un determinado mercado en el que tal producto se comercialice. Si el precio acordado es de 100 Euros y el arroz vale en la fecha acordada más de ese precio, el que tiene la opción, es decir el comprador, obtiene una ganancia al quedarse con la tonelada de arroz; si vale menos, el que gana es el que concedió la opción, es decir el vendedor.

La opción de compra a un precio cerrado es un producto nuevo el cual puede a su vez ser comercializado, es decir, pasar de unas manos a otras. La tonelada de arroz es el producto subyacente y la opción de compra de dicha tonelada a un año vista es el producto derivado o simplemente el derivado.

Como se puede fácilmente entender, la forma básica del producto nuevo es un contrato escrito y firmado entre las dos partes que intervienen: el vendedor o emisor de la opción y el comprador o receptor de la misma. Sobre un producto tangible, real y físico como es el arroz, se ha generado un producto intangible como es el contrato de futuros. Este proceso antiguo, simple y correcto, es el que en los últimos tiempos se ha transformado en un infierno de la mano de los especuladores financieros.

Aunque sobre un producto tangible sólo puede y debe crearse un producto intangible, en el maremágnum de la economía financiera actual los intangibles han dado lugar a otros intangibles y a otros y a otros, en una espiral sin límites.

Se puede adelantar que en el caso del arroz indicado, el vendedor puede usar el contrato de venta a un año firmado con un comprador para obtener un crédito de una entidad bancaria. Dicho crédito podría interpretarse como un derivado de segundo nivel. Asimismo el tomador de la opción, o comprador, podría desear no correr riesgos y contratar un seguro sobre la diferencia de precio que pudiera producirse en la fecha de madurez del contrato. El seguro constituiría otro derivado financiero adicional.

El caso de la opción de compra futura del arroz es un derivado muy antiguo utilizado ya en el siglo XVIII en el Japón, según se puede ver en (1). Es posible que la espiral de derivados no ocurriera en ese caso histórico, peo sí se ha tenido lugar en la economía financiera de los últimos treinta años, y no tanto en el comercio de materias primas como en el de operaciones diversas con bonos, acciones, créditos y otros activos financieros.
Los derivados pueden ser de muy variados. Según el tipo de derivado los hay: de intercambio o permuta financiera (swaps en inglés); contratos de futuros, forwards o contratos de compraventa a plazos; opciones, incluidas los “warrants”; y contratos de diferencia.

Según los activos subyacentes los hay de: tipos de interés, acciones, divisas, bonos y de riesgo crediticio. Estos últimos constituyen un grupo propio de derivados al que se suele denominar “Derivados de Crédito” o “Derivados Crediticios”. Fueron en gran manera los responsables de la crisis de las hipotecas sub-primea del 2007 y han contribuido a la crisis financiera actual y a la confusión y el desorden que prevalecen en el sistema financiero mundial.

Llevando la clasificación a sus últimas consecuencias se podrían mencionar también a los derivados no financieros, basados en los mercados de materias primas, productos agrícolas, energía y otros.
En cuanto a la finalidad los hay de: negociación o especulación sobre el precio del producto subyacente; de cobertura, o disminución de riesgo; y de arbitraje de precios.

Hay muchos Derivados Financieros/Crediticios diferentes, pero los más conocidos y usados son los siguientes: CDS (“Credit Default Swap”), CDO (“Collateral Debt Obligations”), CLN (“Credit Linked Notes”), TRS (“Total Return Swaps”), CFD (“Contract for Differences”) y EDS (“Equity Default Swap”), entre otros.
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(1) http://en.wikipedia.org/wiki/Derivative_(finance)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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