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Hipótesis iniciales sobre la energía, el calor y el trabajo

Se trata brevemente en el presente post el tema de las primeras interpretaciones científicas sobre la energía, el calor y el trabajo que se realizaron en el siglo XVIII y primeros años del XIX. Se puede seguir a través de ellas la consolidación de la ciencia que se produjo en aquella época. Se supone que la ciencia moderna, empírica y experimental, surgió de la Revolución Científica y alcanzó con Newton su primer planteamiento formal, pero su consolidación, su difusión y su profesionalización requirió bastante tiempo. Sus primeros pasos fueron dados a partir de actividades artesanales prácticas y de innovaciones relacionadas con la capacidad del hombre de construir utensilios, herramientas y artefactos con sus manos sin conocer con precisión las leyes que gobiernan los fenómenos naturales con los que dichos aparatos se relacionan. Dicha ciencia surgió con el estudio del Universo (Cosmología), de la luz (Óptica), del movimiento y las fuerzas que lo crean (Mecánica), así como de la las reacciones y asociaciones de unos materiales con otros (Química), materias en las que existían previamente muchas aplicaciones prácticas. En una segunda etapa se trató de la energía, el calor y el trabajo, asuntos sobre los que hubo mucha actividad práctica desde el comienzo de la Revolución Industrial a mediados del siglo XVIII.

Hipótesis iniciales sobre la energía, el calor y el trabajo
La energía es una característica de nuestro universo que está unida a las capacidades o potencialidades de obrar, transformar o poner en movimiento. El nombre procede del término griego “energos”, que significa fuerza de acción o fuerza de trabajo. Precisamente un aspecto básico de la energía es la potencialidad existente en ella de transformarse o ser transformada en trabajo.

Existen múltiples formas de energía, desde la solar, de la que depende la vida, hasta la energía del viento, la de los cursos de agua, la del mar y la de los combustibles de todo tipo, incluyendo los combustibles vegetales y los fósiles, además de la nuclear, la radiante, la termal o la eléctrica. La energía es de hecho muy abundante en nuestro mundo y el hombre la necesita para subsistir.

La historia de la humanidad está unida a la búsqueda de energía y gran parte de la revoluciones tecnológicas vividas por el hombre han estado relacionadas con las nuevas formas de energías descubiertas y utilizadas. La Revolución Industrial que venimos analizando en los últimos posts, por ejemplo, se produjo alrededor de la energía existente en el carbón mineral transformada en trabajo a través del vapor de agua. Nos hemos referido ampliamente a esta forma de energía la cual está relacionada con el calor, que no es otra cosa que energía termal.

Como ya se ha dicho, a mediados del siglo XVIII y en zonas geográficas particulares de Inglaterra en las que había minas de carbón bituminoso, se encontró la forma de destilarlo similarmente a cómo se destilaba desde muy antiguo el carbón vegetal, consiguiéndose con ello más energía de la disponible naturalmente y mucha más facilidad de uso. Pronto, los hombres que habían empleado desde antiguo el carbón y otros combustibles para calentar el agua y otros líquidos, descubrieron la fuerza expansiva del vapor de agua y la combinaron con la fuerza de la gravedad para hacer máquinas capaces de producir movimiento y con ello generar trabajo.

Ya hemos hablado de todo ello en este blog y hemos indicado algo sobre las máquinas de vapor de todo tipo que se construyeron y se emplearon en actividades diversas a lo largo de los siglos XVIII y XIX, con particular referencia al transporte ferroviario y al marítimo. Todo fue llevado a cabo artesanalmente, es decir que fue producto de la capacidad del hombre de hacer cosas prácticas con sus manos, cosas que resuelven sus problemas, permiten satisfacer sus necesidades y aumentan sus facultades naturales.

Al principio de esa revolución se emplearon poco otras dos grandes capacidades naturales del hombre: la intelectual y la científica. La primera de ellas estaba todavía en aquella época muy ligada a la teología, y la segunda, no había adquirido aún la fuerza necesaria para dirigir los procesos de actuación del hombre sobre la naturaleza física de su mundo.

Se ha mencionado que un ingeniero e inventor destacado de esa época, James Watt (1736 – 1819), trató y consultó mucho a uno delos primeros científicos del siglo XVIII dedicados al estudio del calor, Joseph Black (1728 – 1799), pero ya hemos dicho también que consiguió muy poco de dichas consultas.

Los conocimientos científicos sobre la energía, el calor y el trabajo eran muy rudimentarios entonces y basados en hipótesis no válidas como la existencia del flogisto, una especie de fluido existente en las cosas que podían arder, el calórico, un fluido existente en el interior de muchas materia naturales y que salía fuera de ellas al calentarlas, o incluso el éter, un supuesto fluido que llenaba todos los espacios vacíos de nuestro mundo.

Para la revisión de la racionalidad científico-tecnológica que llevamos a cabo en este blog esas hipótesis iniciales sobre el calor y el trabajo son muy importantes ya que revelan algo sobre lo que insistiremos más adelante. Se trata de que el hombre se enfrenta al conocimiento de la naturaleza de nuestro mundo con hipótesis previas elaboradas por su mente, lo cual muestra el papel de la subjetividad y la consciencia del hombre en la construcción de su mundo físico. Es verdad que dichas hipótesis previas son posteriormente sometidas a experimentos y pruebas de falsabilidad que las mejoran y las hacen más adaptadas a lo que verdaderamente ocurre en la naturaleza, pero no hay nada ni nadie que nos diga lo que de verdad ocurre en último término.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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