3225865-4616709.jpg

La bolsa: el deterioro de una institución inicialmente muy válida (I)

Seguimos tratando en este post el tema de la crisis finaciera y económica actual con la idea de aportar alguna idea nueva, sobre todo, en relación con las causas profundas de la misma. Reconozco la dificultad de este cometido ya que hay mucha gente dedicada a lo mismo, desde políticos, grandes economistas, periodistas, profesionales de las finanzas y muchos otros profesionales hasta público en general, a veces muy informado y mu inteligente. Existe la dificultad adicional de que un blog no es el lugar más adecuado para disqisiciones profundas, aunque en Tendencias21 hemos decidido mantener una cierta altura y calidad sobre los asuntos tratados. Hay una ley general sobre la crisis que venimos identificando como denominador común en estos posts. Se trata de que el mundo en que vivimos, especialmente en relación con lo económico, está lleno de inercia, hunde sus raíces en el pasado y constituye un orden espontáneo. Todos hemos contribuido a lo que tenemos y todos somos responsables, unos más y otros menos, de los males que nos afligen. En esas condiciones liberarse de los problemas no es cosa fácil y debemos ser cuidadosos a la hora de emitir opiniones y hacer críiticas. No podemos, por ejemplo, “clamar continuamente en el desierto”.

Los mercados de valores, de fondos de inversión y de derivados financieros, que es como deberíamos denominar a las bolsas actuales, son considerados como imprescindibles para el actual sistema capitalista adoptado por prácticamente la totalidad de los países del mundo. Es el lugar donde los individuos aislados ponen el patrimonio en forma de dinero del que disponen, sus fondos de jubilación y sus ahorros, y las empresas buscan clientes para sus acciones, financiación diversa para sus actividades, refugio para sus excesos de liquidez y otras funciones destinadas a obtener rentabilidad para su dinero.

Como es bien sabido, las bolsas proporcionan, en teoría, dos cosas de enorme importancia para aquel que disponga de capital para invertir: una, rentabilidad superior a la proporcionada por otros lugares posibles en los que poner el dinero (depósitos en los bancos, imposiciones a largo plazo, deuda pública y otros) y otra, una liquidez máxima.

Nadie puede negar que estas dos funciones son beneficiosas para los que las practican y nadie puede prohibirlas porque son razonables y convenientes. Tampoco hay nada que objetar sobre la infinidad de instituciones que se ocupan de colocar el dinero de otros en las bolsas y de los profesionales que honorablemente se esfuerzan en buscar la máxima rentabilidad para ese dinero. Aunque como luego indicaremos deberían existir mecanismos reguladores de dicha rentabilidad adicionales a los ya existentes, ya que si la rentabilidad es artificial y especulativa, es decir, no basada en una creación de riqueza real y física a través de la producción de bienes y servicios, su efecto es perjudicial para la generalidad de los inversores y para la economía en su conjunto, aunque algunos especuladores puedan beneficiarse a corto plazo de ello.

Hasta ahí, no obstante, podemos estar todos de acuerdo y durante muchos años, de hecho, las bolsas han desempeñado un papel aceptable en las economías capitalistas. Se producían a veces euforias y pánicos seguidos respectivamente de burbujas y depresiones en el precio de los valores cotizados pero existía un fondo subyacente que eran las empresas mismas y sus actividades mineras, agrícolas, de fabricación, construcción, transporte, comercio o servicios de todo tipo. Estas actividades eran conocidas por los inversores y la compra de acciones en lo que se llama mercado primario, o el intercambio en el mercado secundario, se basaban en lo que se sabía de los proyectos internos, planes de inversión y resultados de las compañías.

El gran problema, en el que ya el acuerdo puede no existir, es que las bolsas se han transformado en algo muy distinto de aquello para lo que surgieron, como veremos en los siguientes posts.

Las bolsas empezaron siendo sólo mercados de valores, es decir, el lugar en el que los empresarios que iniciaban negocios y creaban empresas buscaban socios capitalistas a los que vendían participaciones. De la misma forma acudían a dichos mercados cada vez que necesitaban hacer ampliaciones de capital, cada vez que ellos mismos querían invertir en otras empresas del mismo o de otros sectores y, con referencia a los inversores capitalistas en general, cada vez que deseaban intercambiar sus acciones por motivos diversos. La subida continuada de los índices bursátiles de las épocas de bonanza económica, a veces muy largas, permiten además el aumento continuo de la finaciación externa de muchas empresas ya que más valor de sus acciones supone más solvencia y por lo tanto más acceso a créditos bancarios. El apalancamiento, del que luego hablaremos, surgió así en las bolsas y se creyó enseguida que era un magnífico invento.

Las bolsas constituían un servicio y su actividad económica se contabilizaba como una más de las que contribuyen al crecimiento de una economía. Durante mucho tiempo, por otra parte, las bolsas fueron en muchos países instituciones públicas, pero hoy son generalizadamente sociedades anónimas.

(Continúa en el siguiente post)

Tags:
0 shares
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

Deja tu comentario