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La crisis actual y sus fundamentos profundos

Después de los posts anteriores dedicados a la revisión de una serie de tendencias generales en diversas áreas de actividad, volvemos con éste al tema de la crisis actual y de la dificultades por las que están pasando la Unión Europea, algunos de sus paises miembros con particular referencia a Grecia, y, por supuesto, España. En nuestro caso las predicciones del FMI y de otras instituciones internacionales sitúan el crecimiento del PIB para el año actual en un 0,8 %, frente al 1.3 % previsto por el gobierno, y que resulta considerablemente bajo en comparación con el 1,8 % anunciado para el promedio de la UE. No debiendo olvidar en relación con esas débiles cifras que el país muestra una tasa de desempleo cercana ya al 21 % y un paro juvenil superior al 45 %. Amén, claro está, del diferencial de interés que el país tiene que pagar para financiarse, de las dificultades de nuestro sistema bancario, particularmente en lo relacionado con las cajas de ahorro y su transformación en bancos, de la escasez de credito y del agarrotamiento o parálisis generalizada en la que la economía española está cayendo. La crisis y, sobre todo la salida de ella, es algo muy preocupante y justifica nuestra atención al tema en este blog de prospectiva.

Los libros, artículos y opiniones de todo tipo sobre la crisis y sus causas se han multiplicado en los últimos tiempos por mil y ha surgido además una literatura crítica del tipo de los conocidos “indignaos”, “Comprometeos”, “Involucraos”, “Reacciona” y otros, que requiere la atención de todos. Además, claro está, de los movimientos como el 15 M y similares que son, o pueden ser, “hechos portadores de futuro”, algo que un prospectivista no puede echar en saco roto.

Poco en claro se puede obtener de todo ello, no obstante, primero porque de los autores consagrados ya no se puede sacar más partido en cuanto a la crisis y sus causas. Se están repitiendo hasta la saciedad. Y segundo porque de los críticos como Stéphane Hessel, José Luis Sampedro o Federico Mayor Zaragoza, por citar a los más conspicuos, se saca la impresión, no de que estén equivocados, pero sí de que sus opiniones son, en muchas ocasiones, bridis al sol o el clásico “clamar en el desierto”. Dicen verdades como puños pero nada se deduce de ellas. La marcha de nuestras sociedades sigue su curso repitiendo abiertamente y con la participación de todos aquello que estos críticos denuncian. Lo mismo se puede decir de movimientos como el 15 M y otros, en los que además se da la poca profundidad de ideas y sus fuertes incoherencias. Nuestras sociedades degluten y digieren todo sin cambiar un ápice su comportamiento. Los análisis y las críticas son el ruido de fondo que acompaña nuestras vidas.

Y todo ello porque nuestras actividades, nuestras sociedades y nuestros sistemas de funcionamiento, incluido el económico, se mueven por mecanismos automáticos mucho más profundos de los que normalmente se mencionan en los análisis y críticas mencionados, mecanismos en los que, además, estamos implicados todos.

“La educación, la profesionalización, la racionalidad científica y la innovación tecnológica”

Ya me he referido en este blog a que muchos profesionales jóvenes salen de las universidades después de haber cursado cuatro o cinco años de una determinada carrera sin saber muy bien en qué consiste la profesión que han elegido y para qué sirven los conocimientos adquiridos. Las enseñanzas impartidas, al menos en España, cubren tantas áreas, están tan compartimentadas, las asignaturas son tan diferentes unas de otras y los profesores tan “reyezuelos” de sus especialidades, que no se consigue, en general, una visión de conjunto de dichas enseñanzas. Aparte de las materias superpuestas unas con otras no hay tal cosa como hacer de alguien un economista, un sociólogo, un ingeniero o un gestor o directivo. Ningún profesor en particular enseña esa cuestión.

Ser un profesional de algo sencillamente no se enseña en nuestras universidades, simplemente se espera que cada cual se haga un profesional en la práctica empresarial o de cualquier otro tipo a la que se dedique después de sus estudios. A pesar de los trabajos diversos que hay que hacer en los estudios universitarios, de los casos de estudio, de las tesinas y de los proyectos de final de carrera, hacer profesionales no es la misión de nuestras universidades. Sin saber si tal objetivo es intencionado o no.

Estoy muy acostumbrado como profesor a preguntar a alumnos de los últimos cursos de carrera sobre qué es un economista, un directivo o un ingeniero y siempre me sorprendo de las vagas respuestas que recibo. Los alumnos, a punto de licenciarse, simplemente no saben lo que es su profesión ni para que se están preparando. Lo más curioso, además, es que si la pegunta se hace en términos de la materia estudiada en sí, es decir, qué es economía, qué es ingeniería, qué es sociología o qué es “management” o gestión, las contestaciones son más tópicas e imprecisas aún.

El tema tiene su importancia porque ser un economista no es haber estudiado economía, ni ser un ingeniero haber estudiado ingeniería. Pasar de los estudios realizados a ser un profesional de ellos es un proceso muy complicado y no siempre alcanzado.

Da la impresión de que existe un acuerdo tácito entre las empresas y otras instituciones y las universidades españolas, en el sentido de que las primeras se conforman con gente acostumbrada a trabajar, a estudiar los temas y a tener conocimientos generales sobre las materias estudiadas y están dispuestas a emplear tiempo y dinero en hacer de los “alumnos” recibidos unos verdaderos profesionales.

Estas dos etapas existen formalmente, como sabemos, en estudios tales como la medicina. Para ser un médico en España, y en muchos otros países, se necesitan los cinco o seis años de universidad y los cuatro o cinco del MIR (“residencia” se llama en otros países). El segundo periodo, que se hace en un hospital, hace profesionales de personas que han estudiado materias médicas diversas.

Hoy, como sabemos, se está discutiendo en el parlamento español la posible creación de un MIR para maestros y profesores debido a la baja calidad de nuestra enseñanza y a lo poco profesionalizados que salen los maestros y profesores de sus respectivas escuelas o facultades. Es, de nuevo, un reconocimiento de que los centros de formación no crean profesionales útiles para la sociedad.

Pero aprovechar mejor el tiempo de los primeros años de universidad para hacer profesionales hasta donde se pueda, es posible, y, en mi opinión, es lo que hay detrás de los cambios en el sistema de estudios universitarios europeo preconizado por los acuerdos de Bolonia. Creo que nuestras facultades y escuelas no lo están entendiendo así y de ello se pueden derivar males aún mayores que los que se intentan resolver.

Los españoles y los latinos en general, tenemos una rara relación con los conocimientos. Somos conceptuales, es decir, nos interesan, sobre todo, los conceptos, y entendemos las distintas materias más como erudición que como guías para la aplicación. La metodología no nos preocupa mucho y con frecuencia al hacer cosas o desempeñar una profesión nos fiamos más de nuestra intuición que de cualquier otra cosa, incluyendo los conocimientos formales supuestamente adquiridos.

La racionalidad científica, el emprendimiento, la innovación tecnológica y muchas otras cosas más, tan importantes en el mundo actual, no se nos dan excesivamente bien.

Declaraciones, estas últimas, soy muy consciente de ello, muy generalistas, hablando de los muchos millones de latinos que hay en el mundo y de sus múltiples raíces, culturas y procedencias.

Aunque está claro, no obstante, que como grupo social, si tal agrupación tiene algún sentido, no hemos tenido gran aportación al mundo moderno, a la ciencia y a la tecnología surgidos a lo largo de los siglos XVIII y XIX y consolidadado espectacularmente a lo largo del XX. Durante ese largo periodo las concepciones, interpretaciones y realizaciones prácticas que constituyen nuestro mundo actual han venido mucho más, como sabemos, del mundo anglosajón y de la Europa central.

En la actualidad se está produciendo además un desplazamiento del centro de gravedad del desarrollo y del progreso hacia otras latitudes, con dominio casi total de Asia.

Además de la crisis financiera, del excesivo poder de los bancos y del capital, de las malísimas políticas económicas adoptadas por algunos gobiernos, de los socialismos irredentos, de la falta de realismo y coherencia de las socialdemocracias europeas, de una ciencia económica que parece no existir hoy y de muchas concepciones y actuaciones trasnochadas, y erróneas, usadas con toda tranquilidad por instituciones y gobiernos, hay que saber que la acción, la producción, la industria, el emprendimiento y la innovación se han trasladado a otras latitudes. Para Europa en general y para España en particular, el futuro no es halagüeño.

La fuerte racionalidad científica y tecnológica hacia la que el mundo se dirige, en la que no somos muy fuertes, la deficiencias de nuestros sistemas educativos, no excesivamente adaptados a ello, y el desplazamiento de la acción mundial a otras geografías, sobre lo que poco podemos hacer, son circunstancias que contribuyen a la crisis actual y, sobre todo, a la difícil salida de ella.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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