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La “Gran Recesión” en la que estamos

El libro de Guillermo de la Dehesa comentado en la entrega anterior sigue siéndonos útil para ir aportando algunas ideas sobre la crisis actual.

De la lectura del libro de Guillermo de la Dehesa que comentábamos en la entrega anterior, La primera crisis financiera del siglo XXI, se deducen conclusiones del tipo de las siguientes:

— La inevitabilidad de las crisis y la caída de nuevo en el error de, “eso ya no puede pasar”, en un mundo tan lleno de instituciones reguladoras y de control como el actual. Ha pasado de nuevo y con más virulencia de la que se podía pensar.
— El vaivén de la economía y los economistas del liberalismo y el automatismo del mercado a la intervención estatal y de esto último a lo primero. Parece mentira pero no tenemos mucho más que esas dos opciones para organizarnos económicamente.
— El desfase entre las nuevas explicaciones y teorías, a veces resaltadas socialmente y premiadas (en muchos casos con el Premio Nobel), y las que se utilizan para la toma de decisiones y para las actuaciones, muchas veces esquemáticas, antiguas, erróneas e inútiles. No es que las nuevas explicaciones tarden en difundirse sino que los hombres parece que deseamos funcionar con cosas simples aunque no sean ciertas y que preferimos el juego y el azar a la racionalidad.
— El capitalismo sólo puede funcionar con crisis financieras periódicas de las que nos tienen que sacar los gobiernos a costa del empobrecimiento, el desempleo y la miseria de las partes más débiles de la población. Las crecientes bolsas de pobreza, los casi cinco millones de parados existentes en España, la desaparición de empresas y empresarios, las clases medias sufridoras y silenciosas, producto de las crisis en sí y de las actuaciones de los gobiernos para tratar de resolverlas, son indicaciones claras de ello.
— La inutilidad de las políticas económicas para hacer crecer las economías y para restaurar el equilibrio de los mercados. Cuando la recesión llega y es profunda nada parece funcionar, los políticos y desde luego muchos gobiernos con sus ministros y sus funcionarios de todo tipo, son como figuras del paisaje: están allí para estar allí, como los caballos y las vacas.
— La volatilidad y ligereza de los conocimientos económicos representada por lo mucho que saben los economistas sobre los ríos, arroyos y torrentes por los que fluye el caudal económico cuando existe y lo poco que saben sobre cómo dicho caudal surge y aumenta. Los conocimientos mecánicos, estadísticos, los modelos matemáticos, las explicaciones estereotipadas, las leyes económicas falsas que muchos siguen utilizando y que mayoritariamente se explican en los centros educativos, y muchas otras características, diríamos que epistemológicas, de la ciencia económica, lo demuestran a diario.

El hombre y sus errores como culpables

También los errores humanos de los altos dirigentes, de los responsables de los bancos centrales y de los de las instituciones reguladoras tienen su cuota parte de responsabilidad. El caso de Alan Greenspan es paradigmático en este aspecto. Durante casi veinte años estuvo al frente del Consejo de la Reserva Federal de los Estados Unidos y resulta muy difícil pensar en alguien con más éxito, más popularidad y más carisma. Sin embargo su preferencia por el mecanismo de mercado en el caso concreto del boom inmobiliario americano y su afán por introducir mucha liquidez en el sistema económico, han sido, en parte, causas importantes de la crisis actual.

El apalancamiento y la cultura de gastar 150 cuando se ingresa 100 que originaria de los Estados Unidos se ha difundido por todo el mundo. Es la economía de las tarjetas de crédito, de los créditos al consumo, de las hipotecas sin fin, de utilizar la primera vivienda como aval de la segunda y, en definitiva, de vivir hipotecando el futuro. Es la “economía financiera” de la que nos hemos dotado orgullosos, sobre todo, en el mundo occidental (el Norte Global o WENAO). Una economía (el capitalismo popular) en la que todos hemos entrado, supuestamente, en la dinámica de que el dinero (sin más, y a veces sin riesgo) produce dinero, “mucho dinero”, olvidándonos todos, por tanto, de la economía real productiva, del esfuerzo, del riesgo, de la innovación y del emprendimiento.

Un mundo extremadamente crematístico (algo criticado desde la antigüedad) con un sistema financiero, con particular referencia a los bancos, pernicioso y peligroso. Unas instituciones, estas últimas, que utilizan lo que no les pertenece y que toman riesgos sobre ello, sabiendo que en caso de pérdidas no tendrán que hacer frente a ellas, ya que en última instancia la sociedad tendrá que salvarlos para que no nos hundamos todos. Lo del Sr. Conde y el campo que se quema que aquí podría parafrasearse como “si un sistema financiero se hunde algo suyo se hunde Sr. Banquero”, auque nos digan que el sistema es de todos.

Unos “dueños” o dirigentes de todo ese entramado que viven al borde de la delincuencia, la trasgresión y el abuso, como ha quedado demostrado en el caso de los Estados Unidos. Y la dinámica de hacer lo mismo que crean en todas las personas, desapareciendo, como consecuencia de ello, cualquier referencia a las responsabilidades personales y sociales, a la ética e, incluso, a la educación y las buenas costumbres. Un mundo de personas abusadoras, desaprensivas y agresivas hechas a imagen y semejanza de sus líderes. Un mundo sobre el que un hombre noble como Mario Vargas Llosa ha dicho recientemente: “Detrás de la crisis hay una moral degradada por la codicia. Y esa es una forma terrible de incultura” (El Cultural de El Mundo, 3-9 de septiembre de 2010).

Un país, los Estados Unidos, — en el que, dicho sea de paso, el que esto escribe, ha vivido durante años, en el que ha nacido su hija mayor, con el que tiene grandes lazos y al que ama profundamente –, que protegido por el papel de moneda de reserva del dólar ha llevado al mundo a un gran desastre.

Un país fundamental que no termina de saber, por cierto, lo que tiene que hacer para salir de la encrucijada actual con una población más dividida políticamente que nunca y un resurgir de movimientos como los NeoCon o el Tea Party que dan miedo.

Una cultura del “talento”, tan extendida en brokers y ejecutivos bancarios, referida a talento para la ingeniería financiera, talento para la artificialidad y el engaño, talento para el “pelotazo” y talento para la especulación y las burbujas que no augura nada bueno para la sociedad.

Unas tecnologías y una rapidez de cambio tecnológico al servicio de la mencionada economía financiera que permiten todo lo malo que imaginarse pueda, también como lo bueno, por supuesto, pero que para empezar hacen inútil la labor de órganos reguladores diversos e instituciones de control. Como se ha visto en los últimos años dichos reguladores no tenían la capacidad de seguir las innovaciones y los procedimientos que el sistema financiero era capaz de inventar e implementar, gran parte de ellas facilitadas por la nuevas tecnologías.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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