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La medicina como actividad científica

En los posts anteriores hemos sugerido que las matemáticas constituyen un área de conocimientos en la que la reflexión intelectual y la aplicación práctica han estado unidas desde muy antiguo. Como es lógico, por reflexión intelectual queremos decir, la capacidad de abstracción de la mente del hombre posible en cada época. No se puede comparar, por ejemplo, la capacidad de reflexión actual con la de, por ejemplo, los sumerios, por más que los neurocientíficos y paleontólogos nos digan que el cerebro humano quedó fisiologimante desrrollado como está hoy hace muchos miles de años. En este nuevo post comenzamos a tratar la evolución de la medicina como área de conocimientos científicos en la que también parece que la unión entre intelecto y práctica ha sido muy antigua. La conclusión que se obtiene al revisar la historia de esta disciplina es que fue una ciencia, o una proto-ciencia, mucho antes que otras materias a las que el hombre se ha dedicado.

Una de las hipótesis generales que mantenemos en este blog es que la ciencia moderna tardó en hacerse realidad en la historia de la humanidad debido a causas diversas entre las cuales se puede incluir el largo periodo de maduración de la racionalidad como fenómeno intelectual. Mantenemos, como es común, que la ciencia moderna surge al final del Renacimiento de la mano de Galileo (1564-1642), Descartes (1596-1650) y, sobre todo, Newton (1642-1727), y, añadimos, que tiene mucho que ver con el interés por la Naturaleza, con la difusión del empirismo inglés y con la utilización de utensilios y aparatos como el telescopio(1). Hemos visto ya cómo Galileo Galilei se hizo un experto artesano construyendo el instrumento que le dio fama y sabiduría, incluidas las imprescindibles lentes que él mismo fabricó y pulió. Pronto veremos que Isaac Newton se interesó en su juventud por múltiples artefactos y fue un magnífico constructor de de molinos de viento y relojes de agua. La curiosidad y la racionalidad intelectual que hacemos con el cerebro y el afán por construir artefactos que hacemos con las manos, dos capacidades características del hombre, nos han traído hasta aquí y ellas seguirán rigiendo nuestro destino.

En el caso concreto de la medicina esas dos capacidades han estado juntas desde épocas muy lejanas. No en vano se ha ocupado siempre de la vida, de la muerte y de la enfermedad, y no en vano ha tenido siempre los objetos de su labor, la persona y su cuerpo, muy cercanos y con necesidades siempre perentorias. Es cierto que en las civilizaciones mundiales más antiguas en los cuatro puntos cardinales del mundo, China, India, Mesopotamia y América precolombina, en fechas tan lejanas como 4.000 años a. C., la medicina era simbólica primero y mágica después, y que el chamán, curandero o sacerdote entendía la enfermedad como algo con causas sobrenaturales que respondía a castigos divinos y a la labor de algún demonio o espíritu malvado. Pero también lo es que desde muy antiguo, además de invocaciones y conjuros, se emplearon plantas medicinales y se intentaron métodos diversos para corregir el mal físico, especialmente en casos como las heridas de guerra o los resultados diversos de los accidentes, en los que las manos, diríamos que, se movían solas, para taponar hemorragias y cauterizar cortes y muñones de miembros seccionados.

La trepanación con fines curativos, por ejemplo, es algo de lo que existen pruebas evidentes de hace más de 3.000 años. Y también lo es, como se puede ver en cualquier manual de Historia de la Medicina o en sus síntesis volcadas en Internet, que en el código de Hammurabi (escrito hacia 1760 a. C.) existen trece artículos dedicados a los médicos y a la forma correcta de ejercer su profesión.

En los 3.000 años del Egipto antiguo, anteriores a su conquista por los griegos de Alejandro Magno en el 332 a. C., en los que sobre todo en su periodo tardío (siglo VII a. C. en adelante) estuvieron intermitentemente bajo las soberanías asiria, babilónica y persa, la medicina tuvo un importante desarrollo y su ejercicio fue algo profesionalizado y especializado. Entre los griegos se consideraba a Egipto muy avanzado en este terreno y se sabía que existían entre ellos muchos “médicos” y que disponían de muchas “medicinas” o fármacos.

Existen multitud de papiros desde el año 1900 a. C. hasta 1200 a. C. y posteriores, el más importante de los cuales es el “papiro Ebers”, en los que se describen recetas, se tratan especialidades como la obstetricia, la oftalmología o la gastroenterología y otras, se describen técnicas quirúrgicas y se informa sobre el examen, diagnóstico y tratamiento de muchas patologías. Los conocimientos anatómicos conseguidos en parte a través del embalsamamiento y momificación de cadáveres se incluyen también en muchos de dichos papiros conservados en la actualidad.

Existen además referencias de la práctica de la medicina desde el 2700 a. C. época a la que suele llamar Antiguo Egipto. Eran los faraones los que practicaban dichos conocimientos y los que escribieron los primeros tratados sobre ellos. En el llamado Imperio Antiguo (2500 a 2100 a. C.) existieron médicos conocidos cuyos nombres han llegado hasta nosotros tales como Sachmet y Nesmenau. Estaban al servicio del faraón y se ocupaban de los templos protectores de su salud en los que algunos autores han creído ver algo así como los primeros hospitales o proto-hospitales.
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(1) Además, claro está, del grito liberalizador del hombre y sus capacidades que supuso el Renacimiento en sí mismo.

(Continúa en el post que sigue)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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