En la muerte de un gran amigo

Fernando Sevilla del Valle (1940-2016)

Escrito po Adolfo Castilla

Cercedilla, 31 de diciembre de 2016

 

Justo estos días de fiestas y alegrías se me ha ido un amigo del alma, un compañero de carrera con el que he mantenido una estrecha amistad durante prácticamente toda mi vida, una persona de una inmensa calidad humana: Fernando Sevilla del Valle.

He dicho que se me ha ido, pero debo decir mejor, que se nos ha ido, a todos los compañeros de la promoción de Ingenieros del ICAI de 1964, a los otros muchos amigos que acumuló en su vida y, por su puesto, a sus hermanos y familiares.

Todos lo queríamos y lo apreciábamos muchísimo y todos admirábamos su vida, llena de dificultades por su discapacidad física, pero al mismo tiempo rebosante de voluntad y de esfuerzo para superar todo. Un ejemplo de vida, sin duda.

Fernando lo ha conseguido todo por sus propios méritos, cuando podía haberse beneficiado de sus circunstancias personales. Terminó brillantemente unos estudios difíciles, trabajó como cualquier otro ingeniero en fábricas y plantas diversas, hizo oposiciones, trabajó en diversos países, entre ellos en los Estados Unidos, y terminó haciendo una hermosa carrera internacional en Ginebra.

Ha sido una terrible pérdida para todos, ya que Fernando era un ser especial. Una buenísima persona, alguien de trato muy dulce, cariñoso con todos, educadísimo, muy inteligente y  muy humilde a pesar de todo ello.

Le gustaba la vida y hasta el último momento ha disfrutado de amigos y familiares y de su curiosidad insaciable por todo.

Era además muy desprendido y de ello tenemos muestras sus compañeros de curso ya que a varios de nosotros nos solía invitar a comer precisamente en estas fiestas de fin de año. A Vicente Povedano, otro compañero, y  a mi, nos invitaba con frecuencia a merendar en su apartamento y los tres lo pasábamos de maravilla charlando y recordando viejos tiempos.

Hablé con él justo cuando le habían encontrado un punto negro en el interior de su cuerpo y con la misma buena disposición de siempre me dijo que lo tenían que operar. Después de la operación volví a hablar con él y me manifestó que todo había ido bien pero que tenían que hacerle un tratamiento de quimioterapia. Ni Fernando al contármelo ni yo, le dimos importancia. Yo pensé que estas cosas se curan hoy y él, como siempre, confiaba en la vida y en su voluntad.

De ahí mi sorpresa. Lo llamé por teléfono el mismo día 24 de diciembre y no le di importancia a que no me contestara, sabía que lo haría a posteriori como había ocurrido otras veces. Su vida se estaba acabando en ese mismo momento como me ha dicho Carmen, una de sus hermanas. Una sorpresa también para ella y los otros hermanos, que no esperaban un desenlace tan rápido, surgido de una complicación inesperada relacionada con el tratamiento que seguía.

Fernando jamás se quejaba de nada y mucho menos de sus problemas para andar y moverse que se fueron agravando con el paso de los años. El pasado verano organizamos una cena con un compañero al que vemos poco porque vive fuera de España y lo llamé para que viniera. En principio me dijo que no podía porque era muy difícil para él moverse después de varias caídas recientes y roturas de piernas. Sabía que le gustaba estar con nosotros y lo convencí para que asistiera. Lo recogí de su casa con la ayuda de dos de sus hermanas, tuvimos una cena muy agradable en la que disfrutó muchísimo y después lo llevamos de vuelta a su casa, Juan Pardo, otro compañero, y yo.

Ha sido el propio Juan el que nos ha recordado cómo en los años de estudio juntos no se perdía ninguna marcha por La Pedriza y cómo se las arreglaba para hacer la mayoría de los recorridos por sí solo.

Yo mismo sé muy bien que todo en su vida ha estado dirigido a tener una vida normal como todos los demás. En esos mismos años de carrera, existía un servicio realizado por estudiantes y organizado por diversas instituciones públicas, entre ellas el ejército, que proporcionaba camiones, consistente en ayudar a construir viviendas sociales en los suburbios de Madrid. Con picos y palas abríamos los cimientos. Yo iba todos los domingos y Fernando cuando se enteró de ello me pidió venir. Lo hizo, y no se quedó atrás en nada.

Escribo estas líneas en recuerdo de Fernando el día de Nochevieja porque mi dolor es grande. He salido con mis hijos a dar una vuelta por Madrid, llena de gente, ruido, villancicos y alegría, y, como en otras ocasiones, me ha impresionado que nada ni nadie a mi alrededor lo echara de menos. ¿Cómo es posible que ni las personas, ni las calles, ni los jardines, ni los árboles manifiesten nada tras la desaparición de este mundo de un alma tan noble?.

El árbol que es mi vida si se ha resentido y de él se han desprendido, no sólo hojas, sino una rama frondosa, la de su amistad, que siento que nunca volverá a crecer. Nos vamos poco a poco con estas personas tan allegadas y tan queridas, aunque, como me han dicho sus hermanas, “hemos tenido todos la suerte de disfrutar de la hermosa vida de Fernando”.

Pienso, como en alguna otra ocasión, que almas tan excelsas como las de Fernando no pueden desaparecer de nuestro mundo y tengo la sensación de que en algún lugar, quizás en los confines del Universo y al final de los tiempos, nos volveremos a encontrar.

0 shares
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
Post anterior

Más sobre el Gran Desacoplamiento

Post siguiente

La Segunda Era de las Máquinas

Deja tu comentario