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La racionalidad científica del XIX

La racionalidad científica es, definitivamente, distinta de la racionalidad artesanal, o manual, del hombre. Las dos racionalidades están conectadas, sin duda, y una puede llevar a la otra, pero no se puede exagerar al respecto, ya que con mucha frecuencia se mantienen separadas por largos periodos de tiempo. La tecnología, como conjunto de conocimientos prácticos relacionados con alguna materia, podría considerarse como el nexo de unión de ambas pero tampoco esto es matemático y directo, ya que mucha tecnología ha surgido en la historia de la humanidad de la pura actividad experimental, o de prueba y error, del hombre y no se ha basado en fundamentos científicos subyacentes de ningún tipo. En el siglo XIX se hicieron grandes avances científicos, ya sea en el terreno de la termodinámica, en el del funcionamiento interno de los gases y la composición profunda de la materia, en todo lo relacionado con la electricidad y el electromagnetismo, en la química misma, en la geología, en la biología, en la astronomía y en muchas otras materias, pero en todos los casos las teorías científicas explicativas y las leyes formuladas, se llevaron a cabo a posteriori de las aplicaciones prácticas. Una forma de distinguir ambas formas de razonar es a través de los personajes que las han practicado. En el siglo XIX, que es un periodo de consolidación de lo científico y de lo ingenieril, término este último que utilizamos por llamar de alguna manera a la actividad más manual y experimental aun sabiendo que el ingeniero no es siempre un inventor, se pueden identificar perfectamente las dos figuras. A las ya mencionadas en pots anteriores de tipo inventor e ingenieril, unimos ahora nombres destacados de científicos del siglo XIX.

Termodinámica(Continuación del post anterior)

Ya hemos visto en posts anteriores el gran desarrollo de la tecnología, fundamentalmente de la tecnología mecánica, a lo largo del siglo XIX. La máquina de vapor y sus diversas aplicaciones a todo tipo de transporte, con el ferrocarril como industria emblemática del siglo, así como industrias del tipo de la maquinaria agrícola, la textil, la de la máquina herramienta, la industria químicas, y muchas otras, han sido explicadas en posts previos al presente, con brevedad desde luego, y sin pretensiones de emular a los historiadores.

Nos ha interesado más que las fechas, los hechos precisos, y las estructuras sociales, la racionalidad y la evolución de las concepciones de las gentes sobre nuestro mundo y la actuación sobre él deducida de ellas. Ya hicimos referencia a alguien tan notable como James Watt (1736 – 1819) que representa a la figura del ingeniero, que surge entonces como profesión, y que pone juntas las habilidades manuales y artesanales del hombre con algunas de carácter intelectual y conceptual. Fue un hombre ilustrado que se relacionó con profesores universitarios y con personajes muy conocidos como Joseph Black (1728 – 1799), estudioso pionero del calor e introductor de los conceptos de “calor específico” y “calor latente”. Se ha dicho a veces que las teorías de Black inspiraron a Watt, pero esto es totalmente incorrecto. Watt estuvo siempre más cercano a la artesanía y a la experimentación mecánica que a explicaciones a las que hoy llamamos científicas. La termodinámica y los conocimientos teóricos sobre el calor, la energía y el trabajo, se desarrollaron en el siglo XIX pero siempre en paralelo con las aplicaciones prácticas del calor y del vapor y siempre con un retraso considerable sobre ellas.

Pero aparte de lo que hemos explicado relacionado con la mecánica, la manufactura, la industria y las concepciones más materiales, deterministas y causales, en relación con nuestro mundo, el siglo XIX fue testigo de la consolidación de la ciencia y de la aparición de la profesión de científico, como hemos dicho, y también, de nuevas concepciones sobre nuestro universo y sobre su naturaleza radicalmente distintas a las mecanicistas.

En las primeras décadas del siglo van a surgir los elementos básicos de una nueva cosmovisión, es decir, de una nueva interpretación, radicalmente distinta a la newtoniana, de lo que es nuestro mundo físico, de lo que somos los hombres y, en parte, de lo que hacemos aquí. Es sin duda el comienzo de una nueva racionalidad. Surge alrededor del segundo principio de la Termodinámica, obra conjunta del francés Sadi Carnot, del alemán Rudolf Clausius, del inglés William Thomson (Lord Kelvin) y de varios otros estudiosos que pueden verse en los manuales de historia de la ciencia. A partir de dicho principio y de la mano de sus éxitos emergerá más adelante en el mismo siglo la “mecánica estadística” de Ludwig Boltzmann (1844 – 1906), probablemente la teoría de la evolución natural de Charles Darwin (1809 – 1882) y varios otros avances radicales. Es el siglo también, de Gregor Mendel (1822 – 1884) y sus teorías sobre la herencia genética, el de la medicina científica de Claude Bernard (1813 – 1878), el de gigantes como Santiago Ramón y Cajal (1852 – 1934) – al menos de sus primeros cincuenta años – o del magnífico científico alemán Hermann von Helmholtz (1812 – 1894). El siglo de los Oersted, Faraday y Maxwell y el desarrollo de la electricidad y el electromagnetismo, el del telégrafo y el teléfono, el del motor de explosión y el de muchos otros avances científicos y tecnológicos.

(Continúa en el post siguiente)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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