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La racionalidad científico-tecnológica en los primeros años de la Revolución Industrial

Hacemos en este post un resumen de la racionalidad científico-tecnológica que surge con fuerza en la Europa de los siglos XVIII y XIX de la mano de la Revolución Industrial. Por vez primera en la historia de la humanidad se unen bastante generalizadamente pero en personas concretas, tres de las grandes habilidades, innatas en el hombre o adquiridas en el trascurso de su larga evolución: 1) la habilidad manual que le permite fabricar herramientas e instrumentos, la más antigua; 2) la habilidad intelectual que le permite crear ideas abstractas, mucho más reciente pero con siglos de existencia; y 3) la habilidad científica e investigadora que le permite explicar los fenómenos naturales del Universo en el que vive y establecer leyes sobre su funcionamiento, con apenas dos siglos de existencia en la época en la que tienen lugar los acontecimientos que venimos comentando. Faltaría la cuarta gran habilidad, la artística, que le permite identificar lo que hay de único, bello y singular en cada fenómeno, también antigua, y que andando el tiempo se fusionará con las otras habilidades en las máquinas y en sus utilizaciones.

A pesar de que hay una cierta unión en esa época entre lo intelectual, lo científico y lo manual, no se puede pensar que a partir de entonces el progreso material, la creación de tecnología y la introducción y fabricación de máquinas, de lo que dependemos hoy por hoy, sean procesos homogéneos, concatenados y regidos por relaciones de causa efecto. La tecnología sigue siendo hoy algo que no necesariamente surge ni de la ciencia pura ni de la ciencia aplicada. Lo manual y artesanal se mantiene como una actividad autónoma que produce grandes resultados prácticos

Mencionar a otros países en el tema de la Revolución Industrial, cosa que hemos hecho al final del post anterior, nos lleva a algo en lo que deseamos insistir una vez más en este blog. Se trata de recordar que no pretendemos en él, en absoluto, revisar la historia de la ciencia o la tecnología, sólo intentamos hacer una reflexión sobre la evolución de la racionalidad humana hasta llegar a la racionalidad científico-tecnológica avanzada actual.

Nos hemos referido fundamentalmente a Inglaterra en la breve revisión de los primeros tiempos de dicha revolución llevada a cabo, por varios motivos, uno, porque fue allí donde comenzó; otro, porque es la historia mejor documentada; y otro, finalmente, porque para nuestro propósito es lo mismo considerar un país que otro. Pretendemos indagar sobre cómo los hombres se orientaron en un determinado momento de su historia a fabricar máquinas y a vivir de dicha fabricación y de su aplicación a cosas prácticas. Lo que descubramos y aprendamos en ese sentido es lo mismo en un país que en otro.

De momento ya hemos comprobado que los hombres tras ser racionalistas durante muchos años y usar su mente para interpretar las enseñanzas de Dios y en todo caso saber de gramática, dialéctica y retórica, por lo que se refiere a las gentes formadas, a los nobles y a los gobernantes, descubrieron, o redescubrieron, en un momento determinado, el empirismo, y pasaron a interesarse por la naturaleza y el mundo físico del Universo en el que habitaban. Tuvo lugar tal fenómeno en la Europa de los siglos XVI y XVII y constituyó lo que se conoce como Revolución Científica.

El interés, diríamos que intelectual, por lo físico y natural de su mundo los llevó a necesitar herramientas y aparatos, primero para investigar más a fondo sobre la naturaleza y sus leyes, y después para actuar sobre ella y transformarla. Se acordó entonces el hombre, algunos hombres, de una vieja habilidad de la especie humana, la de construir herramientas, instrumentos y aparatos.

Y es aquí en donde encontramos a Tycho Brahe (1546 – 1601), el gran astrónomo danés, maestro de Johannes Kepler (1571 – 1630), construyendo él mismo infinidad de artefactos para medir la posición de los astros y sus movimientos. A Galileo Galilei (1564 – 1642) puliendo las lentes de los telescopios que él mismo fabricaba. A Robert Boyle (1627 – 1691) construyendo una bomba de aire. Al imaginativo Christiaan Huygens (1629 – 1695) fabricando incipientes motores de combustión interna y experimentando con máquinas de vapor. Al joven Isaac Newton (1642 – 1727), creando incansablemente molinos de viento y relojes. Y así a muchos otros.

Todos aprovechaban las habilidades de los carpinteros, herreros y otros artesanos existentes en todos los pueblos y ciudades de la época y les pedían ayuda para la construcción de sus aparatos.

Hay por tanto en esa época una generalización de la unión entre la habilidad intelectual del hombre, adquirida a lo largo de largos siglos, con la manual y artesana, mucho más antigua.

Mientras tanto, muchos de los filósofos naturales como los mencionados habían creado la mecánica (Newton) y habían dado lugar a una interpretación mecánica y materialista de nuestro universo. El mundo, se dijo, es un reloj y Dios es el gran relojero.

No es extraño, por tanto, que muchos se dedicaran a emular a Dios y construyeran máquinas y artefactos sin parar.

A todo ello vinieron a contribuir otras circunstancias ya mencionadas en parte en este blog, como un incremento de la riqueza por el desarrollo del comercio, las mejoras en la agricultura y el crecimiento de industrias tempranas como la hilatura. Así como medidas inteligentes adoptadas por las sociedades europeas tales como el sistema de patentes, el perfeccionamiento de la empresa como institución y la adopción de un sistema como el capitalista que permitía la financiación de grandes proyectos.

La Revolución Industrial surgida a mediados del siglo XVIII y extendida por el mundo a lo largo de sucesivas oleadas durante el XIX, constituye algo clave para el progreso de la humanidad y para el desarrollo espectacular de la tecnología y de la racionalidad científico-tecnológica que hemos vivido en el siglo XX.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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