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La Revolución Industrial

Comenzamos ahora a reflexionar sobre la Revolución Industrial con énfasis, como siempre en este blog, en la evolución de la racionalidad humana. ¿Qué llevó a los hombres, especialmente a los hombres ingleses en principio, a mediados del siglo XVIII, a construir, aplicar e intercambiar masivamente utensilios, aparatos y maquinas que nos llevarían a un mundo totalmente nuevo?. Esa es una de las preguntas que nos hacemos en lo que sigue, relacionándola en parte con la evolución de la racionalidad del hombre que hemos venido analizando en posts anteriores.

La Ilustración y La Enciclopedia contribuyeron, como ya hemos dicho, a dar primacía a la razón humana y a extender el interés por la naturaleza y sus leyes, por la ciencia en general y por la técnica de la época, todavía no muy evolucionada.

Se produjo a mediados del siglo XVIII, como también hemos dicho, una dedicación masiva de hombres bien educados a dominios nuevos como la ciencia y a actividades antes consideradas como innobles (o poco nobles) como la técnica y la artesanía.

Surgió entonces formalmente la profesión de ingeniero y fueron fundadas las primeras escuelas de ingeniería, comenzando con fuerza hacia mediados del siglo XVIII, fundamentalmente en Inglaterra, la Revolución Industrial (o la Primera Revolución Industrial si quisiéramos ser muy precisos).

Fue una época en la que en un periodo relativamente corto de tiempo se produjeron impresionantes transformaciones económicas, sociales y políticas en toda Europa. Hay que decir, no obstante, que previamente el mundo en su conjunto había avanzado mucho desde las oscuras épocas medievales y feudales europeas. La aparición de potencias comerciales italianas como Venecia y Génova, sucedidas después por España y Portugal a raíz del descubrimiento de nuevos territorios mundiales, y posteriormente por Holanda e Inglaterra, habían preparado el camino.

La creación de riqueza no procedente de las conquistas y de la rapiña de unos reinos contra otros, que produjo el mercantilismo, permitió por un lado el Renacimiento y la Revolución Científica, y, por otro, que la vida fuera algo más soportable para grandes masas de población. La primea consecuencia de ello fue el crecimiento demográfico en todo el mundo. De unos 450-470 millones que debía tener el mundo a finales del siglo XVII se pasó unos 700 millones a mediados del XVIII y a unos 900 en 1800. Europa en concreto parece que llegó a tener en ese último año unos 190 millones.

Muchas circunstancias fueron responsables del crecimiento de la población mundial en aquellos tiempos, entre ellas, la disminución de las guerras que habían sido hasta entonces una forma de vida, la desaparición de algunas epidemias que habías diezmados periódicamente a las poblaciones de muchos países, las mejoras destacadas en la agricultura que permitieron una mejor alimentación, y, como hemos dicho, la nueva forma de crear valor que trajo consigo el comercio mundial.

Pero el paso decisivo hacia el progreso y hacia una mejora de la vida, dicho sea sin entrar en detalles de momento, se produjo con la Revolución Industrial. A través de ella el hombre aprendió a vivir de la producción y el intercambio de productos a los que se llamó “industriales”, y aunque los principios fueron duros para muchos, e inciertos para todos, el resultado a lo largo de los dos siglos y medio siguientes fue a grandes rasgos muy positivo

En este blog nos interesa rastrear cómo desde el mundo de vista de la mente humana se produjo ese fenómeno tan trascendente.

Algunos podrán creer que la producción masiva de utensilios, herramientas y máquinas que van a permitir al hombre actuar sobre la naturaleza y crear riqueza, empleo y actividades de todo tipo, es un proceso continuo a partir de la ciencia y a partir de esa entrada de muchos hombres con sus capacidades intelectuales en el mundo de la técnica y de la artesanía, a lo que hemos hecho referencia anteriormente. Hoy, por ejemplo, no son pocos los que creen en una continuidad sin fisuras entre la ciencia pura, la ciencia aplicada y la tecnología.

Pero la realidad no es esa. Lo que hoy llamamos tecnología, que retrotrayéndola a las primeras etapas de aparición del “homo habilis”, antecesor lejano del “homo sapiens”, habría que identificarla con las primeras piedras de silex afiladas que consiguió construir, e, incluso antes, quizá con la utilización de un hueso para defenderse o atacar a su hermano, es una capacidad que el humano ha tenido siempre. Antes incluso que otras capacidades como las de pensar, hablar, escribir y razonar.

Sería muy bonito y muy lógico pensar que la evolución intelectual histórica revisada en este blog con particular referencia a los siglos XV al XVIII en los que surge la ciencia moderna, hubiera culminado con el comienzo de la Revolución Industrial, pero, como digo, no es así, al menos no totalmente así.

(Continúa en el post siguiente)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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