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Lo positivo y estable se mezcla con lo negativo y destructivo

Seguimos en este post analizando el impacto de la crisis del periodo 2008- 2014, llamada Gran Recesión. Después de identificar la gravedad de los efectos sobre la población en términos de aumento del paro, de la desigualdad y de la pobreza, y sus consecuencias en relación con la conflictividad, desestabilidad y desasociego social, terminamos identificando también, una recuperación y una posible senda hacia la estabilidad general. Señalamos la necesidad de crear en nuestras sociedades estructuras protectoras de los ciudadanos ante las crisis y las malas actuaciones de sus dirigentes.

Concluimos que a todos nos interesa mantener el “sistema” en marcha y sugerimos de nuevo nuestro interés en llamar Sociedad del Bien Común a aquella que posee mecanismos de previsión, control y recuperación del equilibrio y del bienestar. Terminamos haciéndonos unas preguntas sobre por qué las personas en vez de buscar el mantenimiento del sistema, su reforma y perfeccionamiento, optan por soluciones radicales y fórmulas antisistema.

(Imagen del principio tomada de PROCLADE Fundación: https://www.fundacionproclade.org/campanas/pobreza-cero)

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(Fuente Instituto Acton. http://institutoacton.org/tag/pobreza/)

Pobreza tras la crisis

Los 2,6 millones de españoles en situación de pobreza severa y el 22,3 % de la población española al borde de la exclusión social — más de 10 millones de personas — mencionados en el post anterior, son cifras suficientemente serias como para entender que existan en nuestro país conflictos sociales y desacuerdos políticos.

Podríamos aplicar a estas cifras coeficientes correctores en sentido negativo y positivo.

En el primer sentido, por ejemplo, las familias y los individuos cercanos al umbral de exclusión tampoco deben estar contentos con su situación. Según el VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España, de 2014, la pobreza severa alcanzaba en 2013 a un  10,9 % de la población, la exclusión moderada a un 14,2 % y la integración precaria era de un 40,6 %. Sólo un 34,3 % de la población española gozaba de una integración plena.

Hay asimismo una población oculta de empresarios o profesionales no registrados en las estadísticas, sin empresas y sin trabajo, que no arrojan la toalla pero que viven muy mal, dependiendo de los hijos, padres, cónyuges u otros familiares. Son los “nuevos pobres”, bastante numerosos por lo que sabemos.

Las familias fuertemente endeudadas son otro caso de vida dura, ya que aunque tengan unos ingresos normales, los pagos de las deudas las hacen vivir muy deficientemente. Hay también muchos jóvenes de cierta edad ya y con formación, sin oficio ni beneficio, que tampoco están registrados en ninguna institución y de los que no se puede decir que vivan satisfactoriamente. Son “nuevos pobres” también.

Los informes de FOESSA

La juventud se ha visto muy afectada en los últimos años, tanto por falta de empleo como por la precariedad de los trabajos. Como referencia, se recuerda que el paro en las personas menores de 25 años es en la actualidad de un 37,1 %. Con el fenómeno de los mileuristas que apenas tienen para vivir independientemente. Y también que hay una población considerable de jóvenes hasta los 35 o más años, que ha intentado abrirse camino con proyectos diversos, muchos de ellos relacionados con Internet y la digitalización, y no han conseguido nada[1].

La pobreza por cierto, debe ser tratada no en términos estadísticos sino concentrándose en la pobreza misma, en sus problemas y en las soluciones. Los informes de instituciones especializadas como FOESSA son los adecuados para analizar este componente de nuestra población.

Y una Sociedad del Bien Común, por cierto, no puede quedarse tranquila con saber los porcentajes de pobreza y exclusión social o incluso con comprobar que estos descienden ligeramente, como ocurre en España en la actualidad, tras dos años y medio de recuperación económica. En uno de los informes de FOESSA correspondientes a 2016, Expulsión Social y Recuperación Económica, se deja claro que el deterioro es más rápido y profundo en épocas de crisis que la mejora en épocas de recuperación. Se tarda mucho más en restablecer las condiciones de partida que en perderlas.

Prevenir, controlar y reducir los impactos negativos de las crisis

Se indica además con precisión en dicho informe, que nuestro modelo de crecimiento en los años anteriores a la crisis pecó de economicista y no se preocupó por estructuras y mecanismos de distribución de la renta. Además de indicar lo siguiente:

“Se constató así que este periodo de crecimiento económico no fue aprovechado para consolidar un modelo integral de protección social capaz de prevenir, controlar y reducir aquellos riesgos presentes o potenciales derivados de las estructuras de desigualdad existentes. Estructuras que han ido consolidando la precariedad como rasgo específico de un contexto aparentemente favorable”.

Cuando nosotros hablamos de Sociedad del Bien Común en este blog nos referimos, precisamente, a una sociedad con capacidad para “prevenir, controlar y reducir” los impactos negativos de las crisis. No a resolver las crisis cargando todo el peso sobre los más débiles.

La renta disponible de las familias (ingresos por sueldos y por otros conceptos como subsidios y ayudas, alquileres de propiedades, dividendos, herencias, etc..), según el mencionado informe, bajó a nivel de individuos de forma muy importante entre 2009 y 2015. Pasó de 17.042 Euros a 15.408 Euros. Un descenso del 10,6 %.

La misma tónica se observa en los datos de desigualdad aportados por el informe. El índice de Gini, por ejemplo, aumentó del 32,19 de 2009 al 33,09 de 2014. Un empeoramiento del 5,6 %.

Desigualdad y medidas para paliarla

Siendo todavía peor la desigualdad medida por el índice 20-20 que compara las diferencias entre lo que recibe el 20 % más rico y lo que recibe el 20 % más pobre de una sociedad. En nuestro caso este índice pasó del 5,47 en 2009 al 6,34 en 2014. Un empeoramiento del 15,9 %. Con la particularidad, además, de que en algunas CCAA el deterioro de este índice fue mayor. En Aragón, por ejemplo, ascendió hasta el 35,8 % y en Castilla-La Mancha hasta el 28,2 % .

Pero tenemos que decirlo todo y reconocer que en sentido positivo hay en España mucha economía sumergida, la cual desvirtúa, sin duda, los datos oficiales de pobreza y exclusión. Todos sabemos de la existencia de una población, probablemente considerable, viviendo relativamente bien complementando las ayudas recibidas con trabajos no declarados.

Hay, por otra parte, multitud de ayudas, como subsidios diversos, comedores sociales o acciones increíblemente válidas de Caritas y muchas otras agrupaciones de apoyo a los necesitados, mitigantes de los problemas económicos de muchas familias e individuos. No se puede decir en ese sentido que en nuestra sociedad no haya preocupación por los demás, lo cual, no lo olvidemos, es una de los requerimientos de una Sociedad del Bien Común que hemos mencionados en otros posts

Y existe además, especialmente en los últimos meses, una cierta estabilidad en nuestra sociedad ya que el sistema del que dependemos todos, es decir, la Sociedad del Bien Común, según nuestra nomenclatura, funciona relativamente bien en los últimos dos años y medio, al menos parcialmente, y, además, está mejorando.

La alegría de la recuperación

Todo parece funcionar ordenadamente, desde los transportes públicos, que empiezan a ser excepcionalmente buenos, hasta la salud, el sistema de pensiones y el trabajo existente, similar en una mayoría de casos al de otros países desarrollados. También el comercio, la industria, recuperándose claramente, las exportaciones, la innovación y la entrada en el mundo de las tecnologías avanzadas y nuevas revoluciones, e, incluso, la construcción, en claro proceso de recuperación en la actualidad.

Si uno pasea por las grandes ciudades españolas, la alegría de vivir es clara, el consumo aumenta, el turismo interno y externo están en alza, y los restaurantes, comercios, teatros, cines, museos, etc…, todos están llenos y activos. La estabilidad y seguridad en las calles, son fehacientes, y salvo la amenaza del terrorismo yihadista, todo parece funcionar medianamente bien.

La crisis y sus efectos sobre la población, en resumen, han sido severos, pero la recuperación de los casi tres últimos años, está devolviendo la esperanza y mejorando las expectativas de los ciudadanos. Son entendibles los conflictos sufridos incluyendo el acampamiento de los indignados, antisistema y okupas, de la Puerta del Sol de Madrid de mayo-junio de 2011, así como la dispersión política posterior y la ingobernabilidad del país y las sucesivas elecciones y pactos desde diciembre del año 2015 a junio del 2016.

Ahora parece, por fin, que una mayoría de la población y una mayoría de sus representantes políticos, con algunas excepciones, están dándose cuenta de la importancia de que la Sociedad del Bien Común funcione y del hecho indiscutible de que todos dependemos de ella y todos la mantenemos en equilibrio a diario.

Y me gustaría en este último sentido destacar también, aunque sólo sea de pasada, la actitud negociadora de los sindicatos y su contribución al mantenimiento de la estabilidad empresarial y social.

La senda de la estabilidad y algunas preguntas

Y, a la vista de esa situación, no debería haber hoy grandes problemas para mantener la estabilidad política. Estamos en la senda de la recuperación y en la de la estabilidad social y política. Sería una desgracia detener este proceso, teniendo además en cuenta que es  un proceso también de saneamiento en cuanto a la corrupción y el clientelismo. De pactos entre partidos, de compromiso por la estabilidad y reformas políticas y, por fin, de leyes, disposiciones y medidas más acordes con las demandas de la sociedad.

Todo ello producto, probablemente, de la no existencia de mayorías absolutas en el Parlamento, de la colaboración entre partidos y del sentido común de los dirigentes. Todos ellos en un momento determinado se han dado cuenta de que mantener el sistema en marcha o, dicho de otra forma, disponer de una Sociedad del Bien Común, es lo prioritario

¿Cuál es la razón entonces de que existan todavía entre nosotros descontento extremo y falta grave de consenso entre los ciudadanos, y cuál el mecanismo que hace surgir feroces grupos antisistema, como los de Hamburgo de la semana pasada?. Que haya, por ejemplo, partidos políticos radicales y de corte comunista, “chavismo” en un país europeo desarrollado, que es de los más paradójico que se pueda pensar, partidos en otra época razonables y ahora ideologizados y sólo dispuestos al “quítate tú para ponerme yo”, independentismos irredentos y varios otros problemas más.

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[1] La Revolución Digital, o Cuarta Revolución Industrial, como algunos la llaman, es hasta ahora engañosa y frustrante. Hay muy pocos que triunfan en ella. Y los que lo hacen se enriquecen mucho más de lo deseable para una sociedad equilibrada. Se cree hoy por hoy que dicha revolución es la causante en parte del aumento mundial de la desigualdad

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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