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Los Fondos de Inversión (I)

Se dedican el presente y los dos próximos posts a los “Fondos de Inversión” o “Fondos Mutuos de Inversión en Bolsa”, que como su nombre indica no son otra cosa que la puesta en común del capital de muchos inversionistas para, a través de la gestión profesionalizada del conjunto, invertirlo en bonos y acciones de la forma más eficiente posible. Se hacen unas breves consideraciones sobre la historia de este tipo de fondos para la inversión y su crecimiento espectacular en los últimos años. Como muchas otras cosas en nuestro mundo su introducción fue considerada como algo bueno para todos. Su fuerte crecimiento también resultó positivo para las bolsas y las economías de los países desarrollados que es donde más se han difundido. No sabemos en qué momento y bajo qué circunstancias pero los fondos han terminado por hacer más mal que bien a los mercados de valores, y para muchos, especialmente a través de los drivados financieros y creditcios de los que trataremos más adelante, son los responsables de la crisis actual. Puede que haya sido el abuso de los mismos y puede también que el error esté, no en ellos mismos, que sólo son instrumentos, sino en a la cultura de la especulación unida al endeudamiento y al apalancamiento que han creado. Así como la avaricia, la codicia y la corrupción que han promovido.

Las ideas económicas que explicaron, justificaron y apoyaron la economía del comercio, con énfasis en los productos de ultramar y en los metales preciosos, surgida en Europa desde la baja Edad Media hasta primeros del siglo XVIII, constituyeron lo conocido hoy como Mercantilismo.

La mayoría de los llamamos economistas de los siglos XVI, XVII y primeros del XVIII son catalogados como mercantilistas, pero debemos decir enseguida que ninguna de las dos denominaciones, ni economista y ni mercantilismo, eran utilizadas entonces. Los dos términos fueron acuñados y utilizados muy posteriormente. “Mercantilismo”, por ejemplo, fue utilizado por primera vez en 1763 por El Marqués de Mirabeau, “economista” francés discípulo de Quesnay y fisiócrata como él. Y en cuanto a “Economía” ya hemos señalado su origen en este blog en la Grecia clásica, en la que se utilizó para describir la actividad de administración de la hacienda familiar.

El sentido actual de “Economía” es muy posterior. Según lo que se puede ver en los manuales de historia económica su empleo en tiempos más modernos y en inglés, es decir, como “Economy”, tuvo lugar hacia 1440 y se hizo con su sentido original de administración o gestión de determinados asuntos, a los que se llamó “economic affairs”. Su uso todavía más actual para designar el “sistema económico” de un país o región es mucho más cercano a nosotros. Parece que tuvo lugar a finales del siglo XIX o principios del XX. “Economista”, por otra parte, como término para designar a los expertos en esos sistemas, es probable que surgiera poco después y estuviera relacionado con la formalización de los conocimientos alrededor de estas cuestiones (1).

En cualquier caso y para lo que aquí nos interesa, las ideas y políticas generadas en los siglos mencionados (XVI, XVII y comienzos del XVIII) relacionadas con el comercio, las finanzas y la creación de riqueza, coincidían en aspectos tales como que, la prosperidad de un país dependía del capital que pudiera acumular, dicho capital estaba representado por los metales preciosos de los que dispusiera, el aumento de los mismos se conseguía con una balanza comercial positiva y el gobierno debía ejercer una política proteccionista e imponer aranceles favorables a las exportaciones y desfavorables para las importaciones. El volumen global del comercio mundial, por otra parte, se consideraba inalterable, por lo que las ganancias de unos eran pérdidas de otros.

Es, por otra parte, la época de la aparición del estado-nación, del Estado fuerte, poderoso y proteccionista y de las figuras del Rey y de los gobernantes como depositarias de un poder total e indiscutible. No se debe olvidar a este respecto que Thomas Hobbes, padre del absolutismo político, vivió de 1588 a 1679 y que su obra “Leviatán”, publicada en 1651, fundamentó lo más importante de la filosofía política occidental. Nadie se oponía a estas ideas y si lo hacían eran quitados de en medio como ocurrió con los comuneros españoles en su enfrentamiento con Carlos I.

El orden surgido en aquella época sigue siendo un orden espontáneo aunque se base en el reconocimiento del poder de los más fuertes, de los más poderosos y de los más inteligentes en el mejor de los casos, así como en la importancia de la herencia y de la riqueza. Cosas que han existido en nuestro mundo desde el principio de los tiempos y existen hoy aunque hayan sido moderadas por las ideas de ética, justicia, igualdad, democracia y derechos humanos añadidas a nuestras culturas en el trascurso de los dos últimos siglos, aunque estando su semilla con toda claridad en Platón, Aristóteles y los Grades Padres de la Iglesia.

Fue el tiempo adecuado para que abandonando los prejuicios del cristianismo sobre la acumulación de riqueza, los precios excesivos de las cosas, los préstamos con interés y sobre todo la usura, considerado como pecado grave, se impusiera en el mundo con mucha alegría de todos, las ideas del enriquecimiento estatal y personal. El capitalismo, el crédito como actividad relevante de la época, el papel central de los banqueros, los juegos de la bolsa y otras actividades, comenzaron a diseñar la Economía Financiera posterior cuyo cenit es probable que estemos viviendo en nuestros días.

La Revolución Industrial, surgida al abrigo del dinero de los inversores, desarrollada en paralelo y en colaboración con esa economía y, por lo que se ve hoy, desaparecida parcialmente antes que ella, no hizo sino acrecentar el capitalismo. El liberalismo económico de Adam Smith y de los economistas clásicos sólo vino a potenciarlo.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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