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Prospectiva de las Ideas (III)

Otro conocido conferenciante y autor, neurobiólogo en este caso, se explayó, como es frecuente hoy, en que el hombre era pura biología y que nada podía surgir en él que no fuera biológico. Era monista acérrimo, por supuesto, en relación con el alma y el mundo de los qualias, llegando a decir, incluso, que el último científico dualista había muerto no sé cuantos años atrás.

Mi argumentación en este caso no fue para desmentirlo, ya que a mí también me cuesta trabajo defender el dualismo tal como surgió de Descartes (es decir, la existencia de dos órdenes de naturaleza distinta en el hombre: el físico y el espiritual), sino para tratar de superar esa visión estrecha del hombre (pura biología) y abrir posibilidades a un ser sometido a la evolución que seguramente terminará siendo muy diferente de lo que es hoy.

Ante las observaciones de algún participante asiático sobre los niños y videntes, frecuentes en India, por ejemplo, con capacidades de comunicación a distancia, visión precisa del futuro, curación de enfermedades y otros poderes, el conferenciante insistió en que no existe nada entre unos hombres y otros y que la comunicación y la interrelación sólo puede realizarse a través de la voz, el tacto y los otros sentidos del hombre, bien conocidos y explicados.

Mi intervención sobre el tema se refirió a tres cuestiones. Una, la ya indicada de que el hombre como ser viviente y pensante puede cambiar mucho en el futuro, sobre todo ahora que está adquiriendo la capacidad de actuar sobre su propia naturaleza. Otra, consistente en recodar que cuando a Bertrand Russell, el gran filósofo inglés, que tantas veces en su vida se refirió a Dios para explicar honestamente sus razones para no creer en su existencia, le preguntaron ya próximo a morir que cual sería su reacción si después de la muerte se encontraba cara a cara con Dios, dijo que simplemente le diría: “perdón Señor. pero no nos diste suficientes indicaciones de tu existencia”.

Y la tercera, por último, algo más complicada, tuvo que ver con las ondas electromagnéticas, ese fenómeno físico espectacular descubierto y explicado por la labor sucesiva de Hans Christian Oersted (1777-1851), su descubridor; Michael Faraday (1791-1867) y Joseph Henry (1777-1878) que hicieron importantes aportaciones teóricas y prácticas; James Clerke Maxwell (1831-1879), que formuló la teoría del “campo electromagnético”; y Heinrich Hertz (1857-1894), que demostró las teorías de Maxwell y descubrió, de hecho, las “ondas electromagnéticas” u “ondas hertzianas”.

Autores diversos pero especialmente Lawrence W. Fagg en su libro Electromagnetism and the Sacred, han hecho aportaciones destacadas en el sentido de considerar al electromagnetismo como la frontera entre lo material y lo espiritual y como un claro indicio de Dios y de su naturaleza ubicua.

En esta época en la que tanto se está avanzando en el conocimiento del cerebro, sus funciones y su funcionamiento, sabemos con precisión que lo que se mueve por las sinapsis cerebrales que unen el axón de una neurona con la dentrita de otra cercana, son ondas electromagnéticas, similares en todos los sentidos a las que se encuentran por doquier en nuestro mundo y que el hombre ha aprendido a generar y a utilizar en múltiples y sorprendentes cometidos.

El alma, ese ente en el que no se cree hoy, ha sido situado por algunos autores, en extremo imaginativos, en el conjunto de ondas hertzianas que circundan nuestras cabezas.

No pretendo moverme en ese terreno fantasioso en el que nos es posible demostrar nada, sólo decir que el hombre puede descubrir con el tiempo el funcionamiento profundo de las ondas electromagnéticas que su cerebro produce. Y, eventualmente, emplearlas para la comunicación y actuación a distancia, para la predicción del futuro, para la curación de enfermedades y para otros, aparentes “milagros”. Serán así más fáciles de explicar fenómenos históricos como la venida del Espíritu Santo a los apóstoles, la caída de Pablo del caballo y su conversión y otros.

Eso no será todavía, ni mucho menos, la demostración de la existencia de Dios, pero sí que se trataría, si llega a ocurrir, de la aparición de un hombre muy distinto al actual que seguramente generaría ideas e interpretaciones sobre su mundo radicalmente distintas a las hoy conocidas. Esas ideas, probablemente, darían lugar a unas tecnologías, una economías y una sociedades muy distintas a las que hemos conocido hasta ahora.

Si queremos, por tanto, hacer una reflexión prospectiva sobre el futuro de la humanidad y conjeturar sobre lo que puede ocurrir en nuestro mundo a medio y largo plazo, debemos tener en cuenta dos cuestiones importantes: una, que las ideas e interpretaciones del hombre del futuro sobre él mismo y su mundo no pueden ser las mismas que dicho hombre posee hoy; y dos, que el hombre él mismo, especialmente ahora a las puertas de una nueva revolución basada en la biotecnología, la nanotecnología y la cognotecnología, no será ni física, ni fisiológicamente el hombre que conocemos.

Al conferenciante mencionado le indiqué que entre un hombre y otro a la hora de comunicarse e interactuar. no hay fantasmas, pero es probable que existan infinidad de ondas hertzianas.

(Foto arriba: FreeFoto.com)

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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