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¿Qué debe hacer el nuevo gobierno español a la vista de la difícil situación con la que comienza el nuevo año?

Europa no acaba de tomar las medidas adecuadas para salir de la crisis. Esta es una de las primeras conclusiones que están sacando los expertos de la cumbre europea de la semana pasada. Se apuntan líneas de actuación pero no se adoptan los compromisos necesarios para ponerlas en marcha. Se imponen, por otra parte, las políticas impulsadas por Alemania a las que Francia se une como comparsa, pero sigue mateniéndose el principo de que todo el esfuerzo lo sigan haciendo los países que no cumplen los objetivos de convergencia por sus propios medios. El Euro puede resultar una entelequia al final no porque Europa no sea una zona de moneda única óptima, sino porque políticamente no hay voluntad de unión. Nadie quiere ser verdaderamente europeo y mucho menos los dos países que deberían impulsar la UE: Alemania y Francia.

A pesar de todo ello España no tiene más remedio que colaborar con Bruselas y con los países de la UE. Además, por supuesto, de intentar por sus propios medios reencontrar el equilibrio marcado por los objetivos de convergencia y resolver sus problemas de desempleo y bajo crecimiento con actuaciones de corte microeconómico y, por supuesto, con medidas liberalizadoras de la economía.

El nuevo gobierno español debe colaborar con los gobiernos de otros países de la zona Euro a que las medidas de estabilización del Euro y de salida de la crisis financiera funcionen. Debe en ese sentido ser una pieza engrasada del nuevo gobierno económico europeo. Debe ser inteligente y flexible para que la pérdida de soberanía que se avecina redunde en posibilidades de evolución y de mejora de nuestro país.

Adaptarse bien a la nueva Europa es uno de los retos más grandes que tendrá España y su gobierno en los próximos doce meses.

Otro reto, en parte relacionado con la solución de los problemas financieros, presupuestarios y de deuda, es el de conseguir reorientar el denominado Estado de las Autonomías en el que vivimos actualmente. O se encuentra equilibrio y armonía y se restablece la unidad de mercado y la coordinación en esa forma de organización política del país o la unión nacional seguirá deteriorándose.

Los nacionalismos rampantes son otro de los grandes retos para el nuevo gobierno, sobre todo cuando, como está ocurriendo ahora, determinadas comunidades hacen oídos sordos a los postulados constitucionales, se saltan a la torera los dictámenes de la justicia y toman decisiones de todo tipo al margen de la política nacional común.

Proyectos de alcance nacional son absolutamente necesarios así como actuaciones centrípetas de todo tipo que se opongan a las centrífugas, también de todo tipo, desarrolladas en los últimos años.

Igual que una Europa fuerte y unida necesitamos en la UE, y especialmente en la Euro Zona, unos países también fuertes y unidos que colaboren todos en un mercado único homogéneo y armónico. La diversidad europea no cabe duda de que puede representar riqueza cultural, creatividad y posibilidades múltiples, pero siempre que sepamos todos encauzarla y mantenerla no cediendo nunca en lo que tiene que unirnos y darnos dinamismo y fuerza.

La posibilidad contraria de que Europa se descomponga es clara y para ello sólo hace falta que la moneda única falle. Sin una UE fuerte y sin el Euro, el destino de Europa es la recuperación de los reinos de taifas medievales y, quizás, un feudalismo del siglo XXI, que duraría muy poco, por cierto, ante la fuerza de China, India o Brasil.

Contribuir a evitar ese futuro tenebroso debe ser también uno de los cometidos del nuevo gobierno.

Pero otros retos de similar calibre, o incluso superior, son los relacionados con los problemas internos de alto desempleo, bajo crecimiento, hundimiento del consumo, disminución de la inversión y baja entrada en el país del capital internacional.

¿Qué hacer en esas circunstancias?

Dos frentes de actuación resultan claros a corto plazo. Uno es de carácter europeo y otro de carácter nacional.

El primero consiste en disminuir las tensiones derivadas de la deuda pública y los problemas financieros a través de las políticas europeas a las que ya hemos hecho referencia y a través de la austeridad nacional.

El segundo se tiene que concentrar en disminuir el desempleo, incrementar la actividad empresarial, aumentar las exportaciones, conseguir que las grandes multinacionales españolas que se han dedicado a invertir en el extranjero en los últimos años vuelvan a hacerlo en España, y, por último, atraer de nuevo al capital internacional.

Puesto que nada de eso es fácil el nuevo gobierno español debe lanzar algún programa nacional similar al “New Deal”, a una “economía de guerra” o a una “movilización general”. Debe, no cambiar o reformar nuestro país, sino transformarlo de arriba a abajo. Transformación es la palabra clave.

Debe contar con la colaboración y el esfuerzo de todos para lo cual tiene que encontrar grandes proyectos, formular objetivos atractivos y adoptar estrategias inteligentes.

La actuación general debe ser más de carácter micro que macro y liberalizadora de mercados, iniciativas y potencialidades, más que reguladora y limitadora.

Si se mira bien la actividad de crear riqueza de la mano de autónomos, emprendedores y empresas de todo tipo, no se debe basar exclusivamente en la existencia de capital público que la ponga en marcha, más bien requiere indicar el camino y abrir las puertas para que el emprendimiento tenga lugar y la producción de bienes y servicios se haga realidad. La economía es una bomba de agua que hay que cebar y tal fenómeno puede llevarse a cabo de diversas maneras.

El aumento de la productividad y de la competitividad es también algo que se puede obtener sin dinero público previo. Michael Porter, el gran gurú de la competitividad, nos enseño hace ya bastantes años que ser más competitivos devaluando la moneda es un truco peligroso. Hay que hacerse competitivos moderando los precios, aumentando la productividad, trabajando más y siendo más responsables en todo.

A ese esfuerzo nacional todos estamos llamados y todos debemos estar dispuestos a colaborar, pero los que más tienen deberían colaborar proporcionalmente, y en estos tiempos de escasez de liquidez los que más dinero tengan deberían ser los primeros en ponerlo a disposición del verdadero crecimiento.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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