Un balance epistemológico relacionado con la segunda ley de la termodinámica. El hombre comienza a descender de su pedestal.

Después de una serie de posts dedicados al segundo principio de la termodinámica y en general a la termodinámica y sus leyes, hacemos en los dos próximos un resumen de la nueva “cosmovisión” a la que la idea de entropía y su aumento continuo ha dado lugar. En este primero hacemos referencia a la vieja idea del hombre descendiendo de un pedestal por la fuerza imparable de sus descubrimientos científicos.

Un balance epistemológico relacionado con la segunda ley de la termodinámica. El hombre comienza a descender de su pedestal.
Este no es un bog dedicado a historia de la ciencia ni exactamente a filosofía de la ciencia, aunque algunas veces se acerque a esas materias. Es más bien un blog orientado a reflexionar sobre qué son los conocimientos, a establecer cómo el hombre los ha ido creando a través de los tiempos, a ver cómo se producen sus aplicaciones y, sobre todo, a determinar cómo los descubrimientos sobre las leyes de la naturaleza y su utilización práctica nos llevan a nuevas interpretaciones sobre nuestro universo, sobre los hombres y sobre el posible sentido de su existencia.

Buscamos especialmente hacer algunas aportaciones sobre lo que llamamos “cosmovisiones”, es decir, sobre las concepciones que hemos ido teniendo y sobre las interpretaciones que hemos ido haciendo los humanos en cuanto a la naturaleza y en cuanto al hombre mismo dentro de ella como ser dotado de inteligencia, sentido del propósito y consciencia.

Todo surge en la mente del hombre que es la que imagina, concibe, interpreta, analiza y crea conocimientos. Siempre a partir de lo que el hombre recibe del exterior a través de sus sentidos y con la particularidad, o posibilidad, hoy un poco olvidada, de que la mente propiamente dicha, o su componente más profunda, la consciencia, pueda recibir información directamente a través de algo no material que no conocemos todavía.

Los avances científicos y conceptuales son siempre procesos que se repiten aproximadamente de la misma forma, que vuelven sobre sí mismos y que terminan perfeccionando la idea que tenemos de nuestro universo. No se pueden comparar, por ejemplo, los conocimientos e interpretaciones que los hombres compartimos hoy sobre nuestro mundo con los que tenían algunos hombres de, por ejemplo, el antiguo Egipto o la Babilonia de los siglos III y IV a. C.

Lo que más sorprende en relación con esta cuestión de nuevas concepciones y nuevas interpretaciones sobre nuestro universo, es que los hombres pasan de buscar la explicación de la existencia de nuestro mundo, con su orden y su belleza, en causas externas y poderes que no vemos, como Dios, a buscarlas en las propias leyes materiales endógenas de la naturaleza.

En lo que constituye la civilización occidental, por llamarla de alguna forma, el primer gran cambio en relación con esa tendencia hacia creer sólo en lo que vemos y tocamos se produjo con la Revolución Científica de los siglos XV a XVIII. Algunos autores han dicho que Copérnico (1473 – 1543) había hecho descender al hombre del pedestal en el que lo había puesto el cristianismo, según el cual La Tierra era el centro del universo y el hombre mismo estaba hecho a imagen y semejanza de Dios. Fue el primer escalón en el descenso, al que pronto siguieron otros. Las leyes de Newton y la interpretación materialista, mecánica y determinista del mundo fue el siguiente. En la primera mitad del siglo XIX surge la segunda ley de la termodinámica y con ella la idea de que el mundo evoluciona hacia peor, se degrada, se enfría y tiende a la desaparición. Lo que constituye una nueva decepción para el hombre. Más adelante en el mismo siglo, la idea de la evolución, unida al concepto de entropía, palabra griega que significa precisamente evolución, es utilizada por Charles Darwin – 1882) para decir que el hombre es parte del mundo animal y que no hay pruebas de la existencia de un alma humana. Los avances en la química y especialmente la aparición de la química orgánica hacia finales de siglo, es un nuevo giro de tuerca en ese proceso al negar la existencia de un impulso vital (“élan vital”) que da lugar a la vida, al que se refirió con insistencia el filósofo francés Henri Bergson (1841-1941) . Es decir, nada de la figura excelsa del hombre dotado de un alma inmortal y cercano a su creador, Dios omnipotente, parece mantenerse a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Tags:
0 shares
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

Deja tu comentario