DecalogodelPopulismo

Un diagnóstico algo pesimista

Concluimos en este post la revisión que hemos venido haciendo desde hace ya unos doce o trece, del impacto de la crisis en el bien común de las sociedades desarrolladas, con particular referencia a la española. Indicamos que las causas del deterioro actual de las condiciones de vida, la estabilidad política y el gobierno de los países, son múltiples. Y sugerimos que lo importante es disponer de mecanismos correctores de los desequilibrios cuando estos se producen. Además de no fiarse excesivamente de los mecanismo automáticos y del liberalismo sin más, para que nuestras sociedades funcionen. Se opta claramente por la reforma del sistema, por las buenas políticas, por las actuaciones correctas y por la búsqueda del bien común.

(Imagen de arriba tomada de lapatilla: https://www.lapatilla.com/site/2016/01/11/decalogo-del-populismo-por-enrique-krauze-infografia/)

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Imagen tomada de La Réplica: http://lareplica.es/populismo-ese-trillado-argumento/

Las remuneraciones excesivas

El exceso de economía financiera, hemos concluido en el post anterior, es negativo para nuestra sociedad. Es duro decirlo ya que cada vez hay más empleo en esa economía y es una de las pocas áreas de actividad donde todavía siguen existiendo sueldos altos, bonos anuales, comisiones, stock options y muchos elementos más que llenan de satisfacción a profesionales y directivos. Los que hemos vivido ese mundo de la alta dirección, vicepresidencias y country managers, en empresas multinacionales, lo sabemos bien. Fue magnífico mientras duró. Muchos además, culminan el ciclo y se retiran millonarios sin más o con millonarias pensiones.

Por cierto que esos contratos blindados, esos salarios de escándalo, esas compensaciones de decenas de millones de euros, esas jubilaciones de oro, esas tarjetas opacas y esas prebendas de todo tipo, que tantas veces vemos en la prensa sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza, contribuyen también a la desigualdad actual.

Así como, sin duda, las remuneraciones estratosféricas de los deportistas de élite, de las celebridades de la televisión, de los cantantes y de otros componentes del mundo de la popularidad.

Yo no puedo criticar ese mundo pero si advertir sobre sus excesos, siendo además consciente de que en lo relativo a la economía financiera muchos economistas niegan la mayor. Es decir, no admiten que existan dos economías, la financiera y la real. Son en todo caso las dos caras de una misma moneda[1].

Reformar el sistema

No voy a gastar tiempo en discutir ese asunto ya que mis planteamientos no son ideológicos, por un lado, y me gustaría que nuestro sistema capitalista funcionara cada vez mejor, por otro. Por si no ha quedado claro hasta ahora, yo soy reformista y creo en las buenas políticas de actuación de los gobiernos, en las buenas leyes e instituciones y en la honestidad de la gente. La Sociedad del Bien Común a la que se dedican estos posts es una propuesta de organización económica, social y política que busca preservar todo lo bueno de nuestro sistema, reformarlo en lo que haga falta y perfeccionarlo siempre pensando en el conjunto de los ciudadanos.

Sólo señalo nuestros abusos de ideas inicialmente buenas. De, por ejemplo, creernos una y otra vez que la libertad personal y el interés individual es lo único válido para que las cosas funcionen, de asumir ciegamente el funcionamiento de los automatismos económicos, de no prestar atención a las actuaciones incorrectas de muchos y del olvido continuo de los demás.

Así como de no prever que las cosas puedan ir a peor y volver a caer en la recesión, el alto desempleo, la desigualdad y la pobreza. Sin disponer de mecanismos amortiguadores de esos desequilibrios de nuestro sistema de funcionamiento y de instrumentos destinados a paliar los efectos destructivos de las crisis y “catástrofes” periódicas.

Revoluciones tecnológicas

Porque lo ocurrido a partir del 2007 no es una crisis cíclica más. No ha sido sólo producto de las malas prácticas bancarias y del exceso de las finanzas, hay muchos otros fenómenos actuando sobre nuestras sociedades. Hay hoy, para empezar, una escasez de revoluciones tecnológicas creadoras de actividad y empleo como las que existían en el mundo hace un siglo. No hay grandes revoluciones tecnológicas como las del automóvil, el petróleo, las telecomunicaciones, el transporte por carretera, la industria del transporte aéreo, la electricidad y sus industrias asociadas de electrodomésticos, medios audiovisuales de entretenimiento,  ascensores y construcción en altura, radiodifusión y televisión, industria química con avances espectaculares y muchas otras más, todas superpuestas. Además de las enormes infraestructuras necesarias para ellas.

Esta última es la hipótesis del economista americano Robert J Gordon (nacido en 1940) de la Universidad Northwestern, expuestas en su libro, The Rise and Fall of American Growth: The U.S. Standard of Living Since the Civil War, al que nos hemos referido en varias ocasiones en este blog. Sus planteamientos anuncian un estancamiento secular de la economía de los países desarrollados y una regresión a épocas pasadas en las que no había ni empleo ni actividad económica. Habla, por cierto, en sus conferencias, de la muerte de la innovación y el fin del crecimiento.

Escenario también anunciado como posibilidad por el economista francés Thomas Piketty (nacido en 1971) en su famoso libro, El capital en el siglo XXI. Un libro que ha consagrado el tema de la desigualdad como uno de los más populares de nuestros días.

La revolución digital y su impacto

La revolución digital, la única importante de nuestra época, es vista por algunos como un fraude. De momento beneficia a un solo país, está en manos de monopolios mundiales y más que producir grandes resultados positivos para todos, como otras revoluciones, parece estar creando desigualdad y desempleo. De momento estos últimos son hechos constatados, aunque pueden ser típicos de la etapa de difusión inicial de dicha revolución en la que estamos.

La Inteligencia Artificial y la automatización de “tercer grado” esperada para los próximos años que anuncian pérdidas escandalosas de puestos de trabajo, es otro fenómeno preocupante en la actualidad.

Por no hablar de la globalización, la deslocalización y sobre todo el fenómeno de los países emergentes que reclaman su puesto en el mundo. La convergencia entre países, algo largamente ensalzado y potenciado, es hoy una amenaza para los países desarrollados. La suma cero es clara de momento: unos ganan y otros pierden.

Y qué decir del envejecimiento de las poblaciones de los países desarrollados y de sus bajas tasas de fertilidad.

O  de la inmigración masiva, el cambio climático, la sostenibilidad y muchos otros problemas “sistémicos”– igual que las crisis bancarias– sobre los que no tenemos, hoy por hoy, mucho control.

Hay entonces motivos, de una forma o de otra, y según lo indicado en el post anterior, para que la gente esté enfadada y en muchos casos, llena de ira. El presente es malo pero el futuro es percibido como mucho peor. Y eso en España, a pesar del crecimiento positivo de casi los tres últimos años, de la creación de empleo hoy en marcha y de las llamadas al optimismo del Gobierno y muy especialmente de su Ministro de Economía.

Del apalancamiento al endeudamiento

Muchos, efectivamente, estamos enfadados y en algún caso angustiados, porque el mundo no está bien organizado y porque, aunque volvamos a un mundo normal tras la crisis, la “nueva normalidad” será peor que la anterior.

Ya hemos indicado en posts previos que a España le había ido bien hasta 2007, una época en la que los que nos visitaban, especialmente si procedían de Latinoamérica, decían que en España éramos todos ricos. El primer taxista con el que conversaban al salir del aeropuerto, ya les indicaba que tenía su piso en Madrid, su casa en el pueblo y un apartamentito en la playa. Los sueldos eran altos y el boom inmobiliario había proporcionado mucho trabajo y bien pagado. Las clases medias habían descubierto la opulencia con las subidas continuas de los precios de sus viviendas, de sus parcelas en urbanizaciones cercanas a la ciudad y del terreno rústico, ahora urbanizable, heredado de los padres.

Por si todo eso fuera poco, los bancos llamaban continuamente para ofrecer créditos de todo tipo y los responsables de las tarjetas de crédito no paraban hasta conseguir enviarnos a nuestras cuentas saldos de 2, 3 ó 5 mil euros. No había límite en las hipotecas que a veces incluían más del 100 % del precio de la vivienda y de su reparación.

Era la época del “apalancamiento”, una eufemismo que hoy ha recuperado su verdadero significado, “endeudamiento”. Extendido además a familias, empresas y estados.

El Bien Común afectado negativamente

De acuerdo con lo que estamos viendo, por tanto, las manifestaciones de Hamburgo pueden estar dominadas por los antisistema sin más, por los nuevos populistas, por los extremistas sin fundamento, por los radicales de izquierdas fuertemente ideologizados, por los ecologistas emocionales, por los rebeldes sin causa de todo tipo, por los anarquistas, y  por varios otros grupos más de los que tantos hay en nuestro mundo. Pero seguro que hay también gente razonable que protesta por su situación actual y por la falta de perspectivas.

Todo ello lleva, por decirlo una vez más, a la diversificación artificial de las opciones políticas y a la proliferación de grupos y grupúsculos. En el caso de España, desde las “mareas” a los “ahora mi pueblo”, los “junts pel si”  y quien sabe cuantas siglas más. Además de a las propuestas para arreglar las cosas más raras, ingenuas y sin fundamento que se hayan visto jamás. El pueblo llano, querido y amado al menos por mi parte, pero sin formación ni experiencia, desgraciadamente, no sólo quiere que su voto tenga valor sino que quiere él mismo gobernar a  todos. Algo sólo visto en Venezuela últimamente y ya sabemos el resultado.

Además de a los populismos sin fundamento y sin preparación y, finalmente, a los partidos políticos tradicionales, sobre todo los de izquierdas, que han perdido el norte. Ellos o sus dirigentes.

El Bien Común, en consecuencia, está seriamente afectado. Sobre todo porque seguimos sin mecanismos serios restauradores de verdad de los desequilibrios producidos por las crisis. Sin instrumentos para ayudar efectivamente a los desempleados y desfavorecidos. Y sin valores, cultura de cooperación, empatía y ayuda mutua protectoras de la dignidad del hombre.

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[1] Otros, como el profesor de finanzas y Premio Nobel de Economía, Robert J. Shiller, autor del libro, Las finanzas en una sociedad justa, propone que” dejemos de condenar el sistema financiero, y, por el bien común, recuperémoslo”

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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