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Una economía para todos

La economía se ocupa en cada época, primordialmente, de los temas más novedosos y más útiles para la sociedad y se involucra siempre en justificarlos y en establecer las leyes que los impulsan. Desde la antigua economía doméstica de los griegos hasta la crematística actual, los economistas han argumentado a favor, y para decir la verdad, también en contra pero en menor proporción siempre, de todo lo que el hombre ha hecho en la práctica. El mercantilismo, la fisiocracia o fisiocratismo, la economía industrial, el keynesianismo, el monetarismo, el neoliberalismo y la economía finaciera actual, son sólo algunos ejemplos de los temas abordados por la Ciencia Economía a lo largo de la historia. Las explicaciones dadas por esta ciencia social han sido con frecuencia erróneas y se han ido modificando con el tiempo. Siempre han sido formuladas para justificar lo que los hombres y gobiernos de cada época llevaban a cabo y siempre ha existido más gente colaborando en aplicar las leyes establecidas, aunque hayan sido falsas, que en criticarlas. No se puede decir que la Ciencia Económica no exista o que no sea una ciencia, como se dice hoy, sino que en cada época justifica lo que haya que justificar y que va siempre a remolque de los hechos. No quiero caer en tópicos, pero lo de que “los economistas explican siempre muy bien el pasado”, es algo bastante cierto.

Con esa actitud, la Ciencia Económica no siempre a lo largo de la historia ha creado “economías para todos”. En la actualidad, está claro que la Economía Finaciera que practicamos crea una economía sólo para los poseedores de capital. Y aunque esto haya ocurrido siempre, la verdad es que ahora es más cierto que nunca, y tenemos además un problema adicional para arreglar o cambiar las cosas. Se trata de que el “capitalismo popular” que nos han vendido y la participación de hecho de muchos de nosotros en ese mundo en el que el dinero produce dinero sin relacionarse con la economía real, es muy difícil de cambiar. La ilusión monetaria que a todos nos producen las tarjetas de crédito, las hipotecas y otros mecanismos de apalancamiento basados en vivir a costa del futuro, amén de los ahorros, los fondos de jubilación, los seguros y muchos otros instrumentos utilizados por altos porcentajes de la población actual, hacen muy difíciles de erradicar las crisis periódicas del sistema, en las que además los perdedores son siempre los mismos.

La Ciencia Económica debería crear “economías para todos” pero no es ese siempre el caso. La economía asume que el crecimiento es bueno para el conjunto de la población pero no es en todas las ocasiones así. La economía de la bolsa, de los fondos de inversión y de los “hedge funds”, por ejemplo, puede crecer de forma espectacular en un país, como ha ocurrido muchas veces, sin que crezca apenas el PIB, es decir, sin que se cree empleo y actividad económica real. De ello se deduce, por otra parte, la seguridad de que antes o después se producirán burbujas, crisis y parones económicos como el actual.

“El caso de la economía”

Si uno le pregunta a un estudiante de economía y a muchos economistas ya trabajando como tales, por referirnos a algo muy concreto, qué es economía, recibirá con bastante frecuencia la contestación típica y tópica de que “economía es la ciencia que estudia o se ocupa de los bienes escasos” .

Utilizan para ello la vieja definición del economista británico Lionel Robbins (1898-1984) y lo hacen mal por dos motivos. Uno porque la definición completa y correcta es, “la economía es la ciencia que analiza el comportamiento humano como la relación entre unos fines dados y medios escasos que tienen usos alternativos”. Lo más importante de esta definición no son los bienes escasos, sino el “comportamiento” de los hombres. Es decir la economía es una ciencia (ciencia social desde luego) porque está relacionada con el comportamiento, o la psicología humana, ante determinados fenómenos. Y otro porque Robbins se refiere sólo, y en todo caso, a lo que la economía es como ciencia o como teoría económica.

Pero hay, de hecho, y, al menos, tres acepciones del término “economía”. La primera es la economía como conjunto de fenómenos identificables en nuestras sociedades relacionados con los procesos de producción de bienes y servicios, con su distribución y con su utilización y consumo. Y, por extensión, con los procesos de creación y acumulación de riqueza, ahorro, desarrollo, distribución de la riqueza y otros. Hablamos por ejemplo bajo esta acepción de la “economía española” y recogemos en esa expresión aspectos muy variados relativos a lo que producimos en un año, lo que consumimos, lo que ahorramos y lo que invertimos, así como la estructura de nuestra industria, nuestra agricultura o nuestros servicios y muchas más cosas objetivas de tipo económico.

La segunda, a la que en parte se refiere la definición de Robbins, es la economía como teoría económica, es decir como conjunto de explicaciones y leyes que rigen los fenómenos económicos mencionados. De qué depende el consumo de un país, por ejemplo; de qué depende la inversión; cómo aumentan estas y otras variables cuando suben los tipos de interés; de qué depende la inflación y por qué aumenta o disminuye; y qué asignación óptima se puede hacer del dinero y los riesgos existentes en ello; por citar algunas de las actividades sobre las que el hombre ha creado teorías y dado explicaciones. La agrupación de teorías diversas relativas a los muchos fenómenos económicos existentes en nuestro mundo es lo que se puede llamar por extensión, y con todos los cuidados posibles, “ciencia económica”.

Por cierto que en inglés existen dos palabras distintas que resuelven en parte esta cuestión, son: “Economy”, más cercana a economía, y “Economics” más cercana a teoría o ciencia económica.

La tercera acepción de la palabra “economía” es la más antigua y es la que los griegos inventaron: “Oikos Nemo” (con todo el cuidado con el que hay que tratar estas cuestiones de denominaciones en griego antiguo que tan citadas son por autores diversos y cuyas citas tan distintas suelen ser unas de otras). Oikos es la “casa”, la familia y las propiedades que constituían la unidad social, básica en la antigua Grecia, y Nemo, según algunos es un verbo que significa administrar y según otros existe el término Nemó que significa administrador. La unión de los dos términos creó la palabra “oikonos” (con las salvedades que haya que hacer por no saber, o haber olvidado, el griego antiguo).

“Economía y crematística”

En cualquier caso, los griegos y Aristóteles en particular, por el que sabemos de estas cosas, distinguían entre “oikonos” o “oeconomía”, y “chrematistiké”. La primera está ligada a la administración doméstica, a cultivar alimentos para la supervivencia, a criar ganado, a la realización de trabajos artesanales, a la producción de ropa, herramientas, mobiliario etc.(1). Mientras que la segunda se refería a acumular dinero, a prestarlo, a la acumulación de riqueza, al comercio, a las ganancias y, en general, a todo lo que hoy denominamos actividad económica. De acuerdo con lo cual, Mathew Forstarter, uno de los autores que utilizamos como referencia aquí, indica que hubiera sido más lógico denominar “crematística” a lo tenemos hoy en vez de llamarlo “economía”.

Aristóteles y muchos otros personajes históricos eran muy amigos de la economía y muy enemigos de la crematística, sobre la cual (esta última) tenían muchas reservas éticas. Esta interpretación de las actividades económicas se mantuvo en la Edad Media europea y son muy conocidas las ideas críticas de Santo Tomás de Aquino sobre el comercio, el valor de las cosas y el precio abusivo que los comerciantes pueden poner a los productos. El precio justo de las cosas constituyó un largo debate hasta fechas muy recientes mantenido en parte por el cristianismo y otras religiones y sus concepciones morales. El interés del dinero en particular fue rechazado durante muchos años y la usura considerada como uno de los pecados más graves.

Impresiona cómo con esos antecedentes vivimos hoy en un mundo tan conectado a las finanzas y tan dependiente de las bolsas, de la especulación financiera, de las tarjetas de crédito y de los bancos.

Ya tenemos, quizás, una de las primeras causas profundas de nuestros males, aunque no tenemos, por supuesto, ninguna solución válida para ellos. Todos, o una gran mayoría de nosotros, participamos hoy de esa economía financiera, especuladora y, como decimos, crematística, centrada en los bancos, en las bolsas y en el dinero produciendo dinero sin relación directa con la economía real.
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(1) Mathew Forstarter, Economía. Colección “Pequeñas Grandes Ideas”, Ediciones Oniro, Barcelona, 2008. Se trata de un pequeño libro de divulgación, escrito, no obstante, por un buen economista, profesor de la Universidad de Missouri en Kansas City que tiene además el atractivo para mi de haber hecho su Ph D en Economía en la New School for Social Research de Nueva York bajo la supervisión del gran economista Robert Heilbroner.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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